Tal vez ese sea el motivo por el cual el resultado de tan breve silogismo escape a la mayoría de los librepensantes. Demasiada claridad, enceguece. (Esto me lo explicó Hernán, creo recordar, a propósito de su intención de hallar en el presente las huellas del pasado. "Está tan claro que enceguece, entonces de todas formas no lo puedo percibir")
La rima es lapidaria. Sentencia, con la crudeza y exactitud típicas de los proverbios con que -cuentan los antiguos- impartía justicia el Rey Salomón.
El que peca de ingenuo, lo mismo. El que sufre por la rapiña de la envidia o la impudicia, igualmente. El que pasea su inocencia por un campo de lobos, no ve más que amistosos corderos. El que engañó y dispersó calumnias, abre sus párpados y solo distingue calumniadores y probables mentiras.
Increíblemente los espíritus humanos se manejan como espejos de sus propias debilidades o fortalezas. Supone todo un esfuerzo impulsar en sentido diferente nuestras creencias.
Pobres ladrones, pobres falsos, pobres simuladores. Pobres de los violentos y de los que viven amenazando con el puño cerrado y el entrecejo fruncido en amargo gesto.
Pobres, sólo ven un mundo poblado de criaturas que reflejan su propia condición: ladrones, mentirosos, simuladores, violentos, amenazadores, distribuidores gratis de diatribas...
Los de corazones alegres y honestos, ven o descubren a otros sonrientes y de buena madera.
Claro, no todo es tan limpio y especular. Un inocente puede ser sorprendido por la maldad de un pícaro o de una libertina. Un mal bicho puede toparse con un buen samaritano que haga el esfuerzo por redimirlo. Pero, como lo enseña la lección del eco, uno recibe casi siempre lo que proyecta sobre los demás. El eco, el karma, la sabiduría popular, todos lo reafirman.
Abu Mery lo garantiza. Me lo ha dicho tantas veces, en tantas circunstancias en que esta simple frase cobraba cuerpo, que no puedo menos que cerrar el post con este implacable aserto:







