Tanga era el nombre de una prenda de vestir que usaban los guaraníes. Específicamente, las mujeres guaraníes.
Era una pilchita mínima, dos triángulitos enfrentados que cubrían la zona genital y se ataban a los lados de ambas caderas. Hacía muchísimo calor, no era necesario abrigarse más. Infiero que el motivo de cubrirse no era la vergüenza sino alguna cuestión de la vida diaria: las mujeres trabajaban muchas veces en cuclillas en el suelo, y ciertas exposiciones podían resultar peligrosas. Los varones no llevaban ropa alguna.
(Bueno, imagínense el corolario de la historia después de la conquista: hombres y mujeres fueron obligados a "cubrir sus vergüenzas" con una prenda llamada tipoy, una camisola sin mangas, un rectángulo seguramente más incómodo, pero totalmente cristiano y civilizado)
En fin, la tanga era, sin discusiones, la ropa de vestir de las mujeres. Ropa exterior, si le cabe la clasificación.
Con el tiempo y la moral y las buenas costumbres, y el pudor y el recato y el qué dirán, la tanga fue quedando en la zona morbo-prohibida de mirar que era la ropa interior.

Y digo que era porque ya no lo es.

Ahora la ropa interior tiene una producción y una parafernalia de variaciones que elegir un conjunto de bombacha y corpiño te puede llevar una tarde entera.

Porque resulta que ahora la ropa interior está pensada para que aparezca con mayor o menor disimulo a la vista de todos. Hay remeritas de espaldas preciosamente unidas, y las niñas no se preocupan por cruzar igualmente las tiritas de sus corpiños, sino que las dejan asomar sobre los hombros como diciendo "¿ven? tengo corpiño abajo de la musculosa"
Las tangas se llevan todos los laureles en cuanto a exhibición, planificada o no. En conjunción con el pantalón de tiro bajo, las tanguitas multicolores y multimateriales asoman con impudicia aquí, allá y más allá. Y más acá (ay!)
El clásico juego perverso de los niños de hacerle a un compañero "calzón chino" nunca resultó más simple y a la mano. Niñas con tanga: calzón chino asegurado.

Y qué decir de la moda "sexy" para los varones de mostrar el elástico de sus calzoncillos. Especialmente los que tienen alguna marca top impresa o bordada en ese borde, se pavonean adelantando un pelín la cadera, en un gesto inequívoco de "jé. Qué marca de calzones estoy pelando, soy un ganador"

Lo malo de esas modas es que se diseminan y fluyen con un vértigo sorprendente, y a poco de andar vemos resultados vomitivos de la combinación "pantalón de tiro bajo/ tanga" y horribles culos caídos de los cuales sobresalen no solo los elásticos sino también medio calzón arrugado, que se apoya sin reparos en el cinto del pantalón de jean...
Chicos: mirarse al espejo, antes de salir de casa, please...
Pensar que no hace tanto, la admonición de nuestras madres y abuelas, el método infalibe para que accediéramos a darnos otra ducha o cambiarnos de ropa interior era: "Mirá si te pasa algo en la calle y tenés la ropa sucia...!"
O sea: que alguien te viera la bombachita o el calzón (y también las medias, claro está!) era una situación horrenda que sólo se podía justificar si uno sufría un accidente.
Recuerdo que más de una vez me preguntaba, con implacable lógica: "pero...si me pasa algo en la calle...si sufro, en efecto, un accidente... ¿qué importa si la ropa interior está limpia o roñosa...? Quién se va a detener a mirar si la tanguita blanca está impoluta o no?"

Pero, nada, no había caso: el prefantasma de la gente observándome con ojos desaprobatorios era más fuerte. Ma sí, me cambio...por las dudas.

Ahora pensamos qué ropa interior nos pondremos por otros motivos. Por ejemplo porque la misma debe combinar con los zapatos o con la vincha del pelo. Porque ha dejado de ser interior. Se convirtió en un cebo , en un distractor, en una etiqueta a la vista, en un portador de nuestra cédula de identidad, en un anticipo de nuestras costumbres sexuales.

Nos exponemos. Permitimos que las vendedoras nos humillen afirmando "usás push-up, no?"
Coleccionamos en la memoria cientos de imágenes de cientos de personas que desconocemos por completo, a las que les hemos visto el nacimiento de la -antes- pudorosa rayita del culo.
Elegimos los calzones de nuestros hijos varones mirando la estampa del elástico, en lugar de registrar a ojo de madre si el algodón es berreta o duradero.

Y digo yo, no es que dimos la vuelta completa, pero me gusta pensar que a la larga les ganamos la pulseada a los puritanos que obligaron a las bellas y frescas hembras guaraníes a esconder la tanga debajo de un vestido, dentro del cual, casi seguro pobrecitas, se morían de calor y sudor.

Ahí tienen, caballeros de la Santa Bombacha: está de nuevo al aire, haciendo de las suyas.
Tangas, tangas para todas.
Que asomen esas tiritas.
Y olé.

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2:43 p. m. | 2 Comments

-I-
Tal vez nunca nació. Tal vez siguió el consejo de su pragmática madre y estudió finanzas, y se olvidó de la lírica.
Puede que haya tenido un pequeño tropiezo en sus inicios, -digamos, una crítica inmerecidamente ácida- y haya desistido sin más.
Tantas fatalidades pudieron haber sucedido para que no se conozca a un poeta que estremece de emoción a los hombres simples y arranca suspiros de melancolía a las mujeres que sueñan amores verdeazules...

-II-
Ella estaba a punto de doblar en la esquina. En ese caso, él hubiera cruzado con ella una mirada oscuramente dulce, nocturna, espesa como miel silvestre. Ella, deshecha en susto y amarga premonición, hubiera escapado lejos, muy lejos, se hubiera hasta mudado de país por causa de los presagios de esos ojos lechuzos de quien un tiempo después fuese su inquisidor y su verdugo.
Pero siguió de largo. No sucedió ese instante que hubiera salvado su vida, y la de sus cinco o seis hijos soñados.

-III-
Al maestro se le ha metido la duda en las entrañas, ese tembleque de la incertidumbre, la fea sensación de estar cometiendo una injusticia al imponer un castigo al estudiante cabizbajo, de dedos entintados y mechones castaños en agitado desorden. Vacila sintiendo el peso de una culpa que –sabe bien- sobrevendrá. Y cuando está por despegarse el labio blanco, para dispensar la salvedad, escucha claramente, con masticada sordina, que el despeinado repite la frase prohibida con fastidio, con ira, con desparpajo, con provocativa torpeza.

-IV-
El grillo saltó hacia el pasto un minimicroinstante después de lo debido: las garras del gato lo capturaron con golosa maldad, para juguete del ocio de esa siesta.

-V-
Una gota de más en la mezcla, y el tono de la tela viró a un magenta brillante, sin vuelta atrás.

-VI-
Dije que sí, que lo haría, y ahora el arrepentimiento me da tres vueltas al cuello y se ajusta con firmeza de constrictor.
Dije que no, que no lo haría. Y ahora cómo regreso a este territorio de lo posible para intentarlo.

Sugiero al dios detrás de dios que mueve las piezas,
que considere la utilidad de un menú Deshacer

...y cuando nos cruzamos, casi por azar y él preguntó que cómo había estado, tanto tiempo, una parte de mí quiso decirle, en un lúcido rapto de honestidad y ternura, que lo seguía extrañando.

Sólo eso.

Pero en cambio dije que bien, que muchas gracias, que yo también me alegro y cosas así.

La cortesía es una forma desdichada de ser cobardes.

(no hubiera dudado)

Todos los que escribimos blogs mentimos.
Mentimos mentiras blancas, mentimos con audacia o con discreción. Mentimos con inocencia. Con incomodidad. Con alevosía.
Decimos, por ejemplo, que no importa si leen el blog tres mil personas o tres, que escribimos por otras motivaciones.
Que la ceguera de correr detrás de unas estadísticas se la dejamos a los papanatas de la televisión.
Bla.
Blabla...
Consuelo de escritor aficionado: autoconvencerse de las propias mentiras.
Digo la verdad en forma compulsiva”
Esto también es cierto de mí misma. Pero no por moral, sino porque no puedo evitarlo (siguiendo ese mismo patrón es que no fumo, es que no bebo: no es fruto de ninguna virtud, es que lisa y llanamente no me dan ganas de hacerlo…)
Digo la verdad en forma compulsiva, y de pronto la verdad es que me odio por descubrir que he dicho varias mentiras. Que las dije con tanta vehemencia que fui la primera en créermelas. Que no es cierto que no me importa si me leen o no: ¡claro que me importa! Y algunos lectores duelen en su ausencia más que otros. Y extraño hasta a los desconocidos. Y deploro que mi cansancio físico me arroje lejos de estos caminitos de letras.
Tengo la alegre desgracia de trabajar muchas horas en proyectos que me gustan casi tanto como si fueran recompensas en sí mismos. Trabajo y me divierto, trabajo: invento mundos. Trabajo y se me ocurren más motivos para seguir. Escribo cada día millones de noticias, redacto, ilustro, fusiono imágenes músicas, objetos, tenso hilos por donde las palabras echan a correr como locas filas de hormigas atareadas.
Transida de un cansancio sin resuello, me duermo –tarde, tarde, horrendamente tarde- cada día, y dos minutos antes del sopor del primer sueño, siento en los huesos la sabrosa marca de extenuación eufórica del día.
Entonces, algunas noches o madrugadas, con un vaho de culposa necedad, pienso en mi blog semiabandonado. Mi recreíto mental, mi gimnasio de neuronas, mi ventilación del intelecto educativo. Están creciendo yuyos en las esquinas del blog, y nadie viene a ver, y nadie asoma… y el que asoma ve que nada ha cambiado en semanas…
Los cibernautas son malos amantes (regalo esta sentencia, libre de impuestos, a la primera mujer recién llegada a la Red que lea esta página naranja) Malos amantes que no se aguantan la espera, que enderezan la proa hacia otros mares, que te mienten con infantil descaro, que te dicen que siempre te leen…
Me niego a fidelizar lectores con artilugios de marketing berreta (ah, pero si alguien lo hiciera por mí…) Nunca quise poner un contador de visitas (ahora que sé que me he mentido, entiendo que no lo hice para evitarle a veramarina una decepción…)
Pero como también caí en la cuenta de que todos los que blogueamos, mentimos….bueno, es que me sigo sintiendo entre colegas. Mudos, paseantes, envidiosos, anónimos, exiliados de sus microtiempos, cada cual en su cuadradito, párpados cenicientos que barren ojos enrojecidos, fugaces, veloces, sombras cibernéticas, pasan y no vuelven, jugando ese juego absurdo y cruel de nuestra infancia.
La mala sangre se espesa cuando, por el motivo que sea, doy con un blog que me parece francamente soso, o quemado de obviedades, cuando aterrizo en melosos hellokittysitios, rebosantes de poemas vulgares o en bitácoras tautológicas y replicadas, refritos en los cuales es imposible distinguir una idea original… y compruebo que tiene un tránsito de mensajes apabullante.
Claro, claro que me importa. Claro que me pone molesta, cómo no.
Por eso me puse a ver donde está la trampa. Porque un blog maravilloso y bien servido (como el del prrofesor Potachov, por decir uno) que reciba montones de visitas, excelente. Pero los otros, los demás millones de clones…. Debe ser un truco, eso dice mi intuición!
Bueno: que no es tanto una trampa, como una distribución sin equidad. Los bloggers más comentados son personas con muchísimo tiempo libre. ¿Y qué hacen, estos publicadores inquietos? Pues visitan otros blogs. Con devoción pueril, con un cuidado minucioso, visitan y firman, firman y visitan. Dan una ronda cada día más amplia. Esparcen la semillita de su nombre y no se sientan a esperar; siguen esparciendo. Después la recogen: una permuta in eternum va ligando los espacios de los visitadores-visitados.

Qué decir, es bastante interesante la trampa del buen Blogger. “Saluden a los vecinos” diría mi vieja, allá lejos y hace qué se yo cuantos años “porque es buena educación y porque nunca se sabe si un día los vas a necesitar

La trampa del buen Blogger había sido pura reciprocidad, como en los viejos tiempos.

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