Estoy escribiendo... hace mucho... sin final a la vista, sobre temas que me gustan y divierten.
Pero las urgencias del día a día me arrastran infinitamente a las orillas de un sueño corto y ligero, de una vigilia interminable, de un tecleo de palabras y signos que entretejen a mi alrededor redes, redes, más redes...
Ahi me mezco, me hago unas siestitas, saludo a los amigos, me entero de más cosas que me gustan y me divierten y me empujan a un tecleo de palabras y signos que entretejen a mi alrededor...

Y en ese mito del eterno retorno, canto y camino, recorto y pego, capturo imágenes, saludo, pienso...
Y nada de lo que quiero terminar de narrar a la vieja usanza lo termino...y allí van:
  • mi hipótesis de que los nativos digitales no saben lo que hacen, al más puro estilo bíblico
  • mi historia de un grupo de gente que hizo EDUCARE, un lugar donde la emoción se despierta por motivos muy diferentes al marketing
  • mi artículo sobre cómo creo que aprenden -aprendemos- los maestros en la mezcla de la Internet tan temida con la Internet tan buscada
  • ah cierto, lo de Walsh...
  • ah, y claro que sí, los videos con música de Pato
  • ah ah... y la compilación de poemas
  • y no era que ibas a terminar ese artículo?
  • y no era que lo del cuaderno rojo era el guión de aquel temido libro?
Solo anoto estas escuetas líneas, omitiendo a propósito las demás promesas procastinadas e incumplidas.
No sé, con la secreta esperanza de ir poniendo tildecitas de "hecho" algún día de estos....
(Inaugurando el tag "REFRITO" vuelvo a publicar, mayo de 2010, ante la inminencia de un festejo bicentenario que parece que se va a desayunar la 9 de julio con sus múltiples carriles, una vieja entrada. Sigue dedicada a Juan, mi amigo del alma, y a H.H., que ahora también es mi amigo)

Tremendo cartel, pasacalles, firuleteando al viento con un anuncio digno del hombre feliz: COMPRO FRACASOS, dice mi cerebro que se leía en el cartel.
A la pucha! -pensé- entonces existe un tipo suficientemente exitoso como para darse el lujo de andar por la vida comprando fracasos ajenos.
Acto seguido se formó una imagen en mi mente, que relato en primera persona:

-Hola buenas tardes...usted compra fracasos?
- Así es, mi amiga. ¿En qué le puedo servir?
-Bueno, vea, tengo una serie de fracasos sucesivos, a cual más portentoso, que quizás esté interesado en adquirir.
- ¿Son originales?
- pregunta el fulano, enarcando la ceja izquierda. (Ah, ladino, ya empezamos con las objeciones para el regateo)
- Mire, originales, lo que se dice originales...no son. Tengo un fracaso matrimonial importante, pero el resultado final yo diría que es aceptable. Un fracaso como tenista y dos como poeta. Y uno como bricoleur, pero con esas cajas del demonio que te venden en el Easy, diría que es casi un empate, más que un fracaso.
- Mmm...me temo que es usted la vendedora estándar...Clásica, típica... si fuese una vieja, estaría vendiendo sus oros en la calle Tucumán... ¿Y qué espera obtener de la venta, vamos a ver? ¿Qué tenía en mente?
- Upa!...Estemm......no lo sé. ¿Algo de dinero...? (Sonrojo evidente. Odio a los capilares sanguíneos y su vasodilatación involuntaria)
- ¡¿ALGO?! de! dinero!...? -exclama, pregunta, carraspea, no sé cómo hizo para conseguir ese tono extraño en tres palabras- ¿Cuatro fracasos por cien pesos dice usted? Un trueque relativamente mundano, si le estoy entendiendo bien? Ni siquiera se le pasó por la cabeza que un sujeto tan poderoso como para comprarle a usted un fracaso podría a cambio proporcionarle...digamos... un éxito? ¿Un éxito diminuto o modesto, cuando menos?
-Caramba, lo siento... no...no lo había pensado...
- ¡¡No lo había pensado!! ¡La respuesta típíca de los perdedores!
Empiezo a retroceder hasta la puerta, con un susto de padre y señor mío, cuando ésta se cierra con estrépito de película de Stephen King. Miro de reojo por detrás del mostrador, porque ahora supongo con horror que estoy en las puertas del Averno, una puerta ha de tener el averno en Monte Grande, y qué puntería la mía, me he metido por ella en busca de un negocio de lo más delirante e imposible. ¿Tendrá cola terminada en punta el supuesto exitoso? ¿Aliento de azufre?
- ¡Por Dios y la Virgen desatanudos! - brama el dueño de casa. Ah, no, entonces no es Lucifer, suspiro, no sé de qué me alivio, pero mi mente aturdida sólo alcanza a dicriminar que Satán no invocaría jamás a Dios.
- ¡Y la Virgen de Itatí y las llagas de San Roque! - sigue vociferando.
Ahora sí que estoy fregada: no sólo no era el Malo, sino que parece que es la competencia. Y con éste no hay mucho que negociar, te pesca en cualquier renuncio, te sabe los secretos, estoy perdida.
-Creo que me retiro, le pido disculpas por la confusión... -balbuceo con un hilito de voz tan fino que parece que se va a cortar como una hebra de seda añeja.
-¡Eso! ¡Confusión! ¡Ya es la quinta persona en la misma tarde que entra con ese discursito! ¡Qué país generoso! Pero me hacés el favor queriddda (dice apoyando la lengua contra los incisivos al mejor estilo H.H.) y lees BIEN el cartel de la entrada!!
Salgo. Retrocedo. Leo. O intento, porque el furibundo comprador me espeta, sin darme tiempo:
-FRASCOS es lo que compro, muchachita! ¡FRASCOS! Para fracaso ya tengo el de mi propia empresa de perfumes...¿te queda claro ahora?
Se veía pálido y despeinado, las dos cejas tan altas que parecían perdérsele en la frente magra. Me dio pena, a pesar de su arranque de ira injustificada.
-Si hubiera un tipo capaz de comprar fracasos, tenga por seguro que sería un flor de hijo de puta- aseveró, volviendo a tratarme de usted, retornando a su silla, a su mesita berreta, a su miserable búsqueda de envases originales donde capturar el tufillo del éxito que nunca fue.

Dedicado a Juan, que leyó en el cartel lo mismo que yo, y me inspiró esta delirante historia.

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