Nos acecha la idea de replicarnos. Nos replicamos en hijos y en imágenes. Fantaseamos con la idea de tener clones. (No nos dimos cuenta de que ya tenemos clones, que somos clones, máquinas de replicación, ciegamente empujados por esos tiranos diminutos que vorazmente buscan nuevos envases para dejar más copias de sí mismos: los genes)
Cadenas de información camufladas hábilmente, avanzando a tropezones. Ahí vamos. Repetimos, replicamos, reproducimos, nos inventamos un horror para trascender y los genes egoístas se divierten de lo lindo con nuestra obediente evolución. No podemos escapar de la carga genética y no podemos vivirla con culpa. Uno no elige tener los ojos castaños o verdes, así como no elige tener dos brazos y diez dedos, en lugar de otra cosa.
Entonces, la genética es la excusa perfecta. Para la gordura, para la propensión al llanto, para la intolerancia al calor excesivo, como la ausencia de oído musical...
Aproximadamente previsibles, vamos piloteando lo que nos queda de libertad, después de la tajada que se llevan las circunstancias de haber nacido en estos tiempos y lugares.
Pero, dentro de la tendencia a la reiteración, hay una que es desquiciante.
Repetir los esquemas que -sabemos- desembocan en situaciones de dolor para el alma.
¿Será que algunos no podemos sustraernos de esa tendencia? ¿Será que portamos el gen del autoflagelo, el gen del enroscamiento, el gen de la complicación?
Es la teoría que se le ocurrió a mi amigo Beto después de muchos kilómetros de ida y vuelta, de muchos vientos en el oído, de muchos intentos fallidos. Nos miramos, como en un espejo doble cara, y reconocimos mutuamente que sí, que claro, que debe ser eso: un malnacido gen de esos que nadie sabe para qué carachos se transmiten, de una generación a otra. Tenemos un gen poderoso y jodido, un gen que nos arrastra a repetir historias, que nos condena a la melancolía, que acaso haga que exudemos alguna feromona de alerta entre nuestros congéneres...

Contrariamente a los prolijos postulados de las ciencias duras, a nosotros se nos ocurre que a un gen que te hace repetir algo que no te gusta, se lo puede doblegar mediante el uso de otras fuerzas, menos físicas y orgánicas.

Nada de alteración de cadenas de proteínas, nada de nanobots medicinales.
No: métodos revolucionarios y económicos (la pesadilla de la industria iatrogénica de la farmacología). Métodos tan evidentes que despiertan la frase "¿cómo no me di cuenta antes?"
Ahi, va, queridos congéneres acosados por la resaca del gen complicante, la receta para zafar de la curva de moebius de la insatisfacción permanente, de la infelicidad agazapada, de la soledad dolorosa.
Habrán de seguir estos pasos (el orden no es estricto):

  1. Llegar a un punto de comprensión de la idiotez propia (ejemplo "¿Otra vez sufriendo por una persona a la que NO LE IMPORTO? ¿No seré un poco idiota"?)
  2. Percibir el momento en que todo va mas o menos bien y empezamos a buscar la quintapatez del asunto. Detenerse en seco antes de siquiera pensar en algo malo.
  3. Observar con desapego y ecuanimidad al resto de las personas que sí creen en nuestro talento, afecto, valor. Contarlos. Si son más de dos, poner en marcha de inmediato el proceso de detención del gen complicante.

Y entonces: para abortar la secuencia replicante del enriedo y sus nefastas resultantes, es imprescindible tomar consciencia. La autoconsciencia ya efectúa un cambio sustancial. Aplicar en ese estado una dosis fuerte de energía espiritual (sí, vamos, por favor, todo el mundo la tiene, qué tiene que ver con religiones y con velitas blancas... hablo de energía vital, che, fuerza mental, voluntad, garra, como quieran decirle) y desviar el rumbo del gen que se dirigía, porfiada y alegremente hacia la meta de siempre: complicarlo todo...

Por cierto...no es infalible! Pero si hemos sido conejillos de indias en las frías mesadas de la ciencias de la salud y nos dejamos agujerear el alma en los divanes de la ciencia psicológica... qué mas da, probar un poco de nuestra propia sabiduría de haber vivido...?

Beto sugiere acompañar el tratamiento con un jarabe que llama "me-refugio-en-los-míos".
Sugirió también el tema para este post, un servicio a la comunidad. Y aquí lo tiene.

Un confite para la gilada.

Oops!

6:36 a. m. | 2 Comments

Cambié de nuevo.
No me mudo, no me compro auto, no me voy de fin de semana largo.
ALGO tengo que estrenar... actualizo el blog!

Tengo frío

2:23 a. m. | 6 Comments

"Mire usted la calle. ¿Como puede usted ser
indiferente a ese gran río
de huesos,a ese gran río
de sueños,a ese gran río
de sangre, a ese gran río?"
Nicolás Guillén

Cada vez que reaparece el frío del preinvierno la escena se repite, cruel, y se me pega en la retina. Y en el recuerdo.
La gente que duerme a la intemperie en la ciudad. Rígidos de rocío y blancos de luna, duermen sin descansar en las veredas, en huecos infames, bajo las no-copas de árboles raquíticos.
Tapados con papeles, con pedazos de trapos, con lonjas pringosas de naylon. Amontonados de a dos, de a tres, sobre pedazos sudados de goma espuma. Duermen estremecidos y resignados, un sueño liviano a veces, el sueño que una patada despeja de golpe; otras veces profundo e indiferente a los ruidos.

A su lado pasan, pasamos, todos los bien dormidos y abrigados de la civilización. Cierro los ojos, cobardemente, porque temo que mi corazón se convierta en cementerio.
Me froto las manos ante la estufa y no entiendo, no consigo entender en cuál de todas las circunvoluciones de la historia humana dejamos de ser la manada que se cuida las espaldas y comparte la comida. En qué fatídico momento se rasgó la delgadísima hebra que liga a los hermanos y empezamos a disputarnos la frazada, la fruta, el rayito de sol.

Una manada de perros no hace eso con un congénere, sin motivo. Algo terrible se nos ha perdido, algo fundamental y trágico, entre la opulencia de un extremo del péndulo y el despojo absoluto del otro lado.

Camino como un autómata por la ciudad hipertrófica, chocando levemente con otros autómatas como yo que se pertrechan para evitar lo más posible el contacto humano. No logro entender, no logro hacer nada mejor que sacudir mi cabeza y chorrear incomprensión. No me sale ser indiferente a ese gran río. Tengo frío, frío, frío por todos lados.
Me siento impotente y helada.

Tengo frío, tengo frío.

Dios mío, cuánto frío...
Parece que en todas las culturas el asunto de las cantidades y los conteos de las cosas naturales han derivado en una asignación de caracter especial, mágico, divino, a los números.

Ya el viejo Platón los ponía en un nivel más puro, más cercano a la luz de las ideas, menos banal, menos apegado a la cotidiana fluidez de lo continuo... Bien sabido es que uno empieza a contar cuando puede separar los objetos de uno en uno.

Que "vive" el desmembramiento cruel del uno cuando se percata -horror, primer horror- de que la madre es OTRO, de que somos uno y uno, dos. Por eso creo que el número dos tiene mala prensa sagrada. El UNO , claro que sí, el uno, lo único, la unidad. El dos es la corrupción del uno sagrado.
Por eso "segundón" es despectivo.
Por eso no se festeja el segundo puesto.
Pero también el dos es la pareja. El casal. Dos que se hacen uno solo. El doble, el replicado, el espejo, el clon, el hijo que te perpetúa. Dos para redoblar el esfuerzo. Dos para repartir la carga. Dos para la simetría. (vayan a hacer diseños simétricos con el uno, y vamos a ver...)
Dos ojos para verte mejor, dos orejas para escucharte mejor, dos brazos porque así podré contenerte y asirme a tu cuerpo cuando lo necesite mucho, dos piernas porque ¿de qué otro modo escapar, si no es haciendo el ritmo del uno-dos, uno-dos?

La cultura binaria celebra la existencia del dos para convalidar toda una historia preciosísima de antinomias, desde el Bien y el Mal hasta el sol y la luna, el día y la noche, Caín y Abel, lindo y feo, arriba y abajo, hambriento y saciado, verdadero y mendaz, vivos y muertos...
Innegablemente el dos tiene que tener un significado sagrado, cae de su propio peso.

¿Y el tres? Me encantó la explicación cuerpocéntrica acerca del carácter mágico de los números que expone Lia, un personaje de la novela "El péndulo de Foucault" de Umberto Eco.


"Tres es más mágico que todos porque nuestro cuerpo lo ignora, no tenemos nada que sea tres cosas, y debería ser un número misteriosísimo, que atribuimos a Dios, dondequiera que vivamos."

Que de uno y uno, que son dos, hablando de cuerpos, salen tres es una verdad que se sabían sin necesidad de erudición los primeros protohumanos. Visto este punto, me pregunto, junto con Lía "¿se necesita un profesor universitario para descubrir que todos los pueblos tienen estructuras ternarias, trinidades y cosas por el estilo?"

Y así sucesivamente, el cuatro es mágico y cabalístico porque son dos veces dos, porque son cuatro las patas de las bestias que asuelan los primeros poblados humanos. Dos manos más dos pies, cuatro fases de la luna: ahi está de nuevo el cuatro, ya es sagrado. El cinco son los dedos de la mano...

Y el seis, y el hermético siete, y el ahora digitalmente famoso ocho, y el nueve, y los decálogos sobre casi todo. Y así, interminablemente, todos los números y todas las cifras tienen su encanto y su motivación para ser extraordinarios.

El mundo moderno sigue su disputa en torno a si la naturaleza refleja la matemática o si la matemática se obstina en encontrarle explicaciones numéricas a las cosas naturales. Las florecitas pentapetagonales, los períodos exasperantemente exactos de las mareas, las facetas del diamante, las proporciones áureas. Y ni hablar de la teoría de los fractales o de la matemática difusa, tan conveniente a los pensamientos sagrados como a los profanos.

Los números, casta sublime entre los objetos que produce la mente del hombre, son elementos de lo Sagrado y por eso mismo entran en la categoría de intocables: para manipularlos se debe seguir rituales, y no cualquier ritual, sino un señor ritual, con iniciación y prueba de fidelidad incluida.
Yo, lo admito, no he superado los rituales más básicos necesarios para pertenecer a sus huestes. Me contento, con callada humildad, con apreciar a quienes han entendido de veras el secreto que confiere a los números su cualidad de mágicos. Para quienes no comulgamos en ese altar platónico queda eso: la humildad. Hay números sagrados para la cábala, para los pitagóricos, para los masones, para los ministros de economía.

Uno debe tratarlos con la reverencia que se merecen, siguiendo las reglas que están minuciosamente descriptas. No seguir las líneas de estos rituales se considera un acto sacrílego, lógicamente, un camino contra natura que violenta la milimétrica posición donde cada cifra debe reposar o agitarse, según corresponda.
Hay quienes logran sumergirse en las frías ondas del mar de los números y salir a flote. Y hasta disfrutan el chapuzón.

Peligrosamente, algunos se vuelven casi nativos de estas sopas de símbolos y enloquecen explicándote el cuadrado mágico de la Sagrada Familia, de Gaudí , por ejemplo.

Los que elegimos las letras y sus sonoras permutaciones, miramos desde la orilla, con ojos recelosos, con la mirada cautiva de la incomprensión.Ensayamos torpes aproximaciones, como ésta.

En el fondo nos sabemos parias de ese mundo de entes iridiscentes que todo lo nombra, todo lo ordena, todo lo discrimina, todo lo somete a su dura ley.


Dedicado a Sú, "la jefa", que posee el raro don de conjugar
el amor por los números con el amor por la gente
.





El trabajo infantil no existe solamente en Indonesia, sólo en China, solo en las fábricas inhumanas de Corea...
Esa es una falacia que nos deja dormir tranquilos: ellos, los malos, ellos, los animales, ellos, los que patean niños... nosotros sólo compramos los zapatos, qué tenemos que ver, yo que culpa tengo...

Chicos y chicas arrancados del territorio de su infancia por la maquinaria horrenda del proceso "civilizatorio"...los tenemos por todos lados.

La OIT de Perú hizo este video.

Yo sigo pensando. Quiero pensar menos, y hacer más. Hacer algo. Algo.

No consigo mirar sin formarme imágenes mentales relacionadas. "Los pongo en contexto" me digo, para tranquilizar a mi ego que se sopapea con el inconsciente a diestra y siniestra.
Estoy parada, sin hacer nada trascendente, espero mi turno para subir al transporte que me lleva, en el más puro estilo mundofeliz de Huxley, de un trabajo a otro, del otro a mi nido tibio, de mi nido vuelta al trabajo, en medio de un atronador silencio.
Y miro.
Pasa gente, gente, gente, más gente. Unos con pasos breves y rudos, otros con movimientos estudiados, la mayoría en ese trance semihipnótico en que te sumerge la gran ciudad.
Miro, imagino, redacto mentalmente microdescripciones. Algunas son soberbias.
Pero como las redacto en el aire, unas sobre otras, se borran y borronean, se pegotean, se me olvidan. El mismo efecto que cuando escuchamos cuatrocientos chistes y media hora más tarde nos somos capaces de repetir ni el más estúpido.
De manera que...la gente pasa, y yo pinto retratos psicológicos extremos, en claro ejercicio ilegal de la percepción.
Después de muchos días de laboriosa observación (primer paso ineludible de todo método científico moderno) acuño un puñadito de regularidades. Ahora me dedico a verificarlas, entonces mi ojo escópico se vuelve agudo y sobrevuela la muchedumbre andante.
Sólo se detiene en los sujetos del experimento. El resto de la gran urbe, puede pasar impunemente delante de mis narices. Nada. Items sin clasificar. Se han vuelto despreciables.

Mis observados son unos pocos:

  • las mujeres demasiado altas

  • los hombres con zapatos originales

  • los que pasan cantando (a excepción de los que llevan auriculares, ésos no se cuentan, no son ellos los que cantan, sólo son acólitos de los consagrados)

Y mis conclusiones preliminares son que:

Las mujeres muy altas raramente se encuentran a gusto con su altura. A veces van con hombres más bajos que ellas: es una doble rareza la que ostentan, se vuelven freaks con sólo existir. Caminan adelantando las caderas y flexionando las rodillas un poco por demás. El efecto es que pisan como si fuesen calzadas con zapatitos de goma, pisan como pidiendo perdón por ser tan altas, como agachándose un poco en cada tranco.

Fijan la vista una o dos líneas por debajo de lo que debieran, de manera que las mujeres altísimas adquieren un aspecto de párpados suavemente inclinados, que a veces las hace parecer sensuales y a veces, algo dormidas.

Básicamente, las jirafas sufren. Si alguna de ellas sube a la misma combi que yo, 10 a 1 a que no se sienta en los asientos de adelante: tratará de no ponerse más en evidencia.

Salvo alguna que otra excluida, las minas altas tienen caras serias y atléticas, caras de empresarias exitosas que desayunan el café sin azúcar y sin leche. Caras lisas, longilíneas, con un touch de testosterona de más en la mezcla. No parecen buenas amigas.

Lo más curioso del caso es que los hombres las miran con una expresión que aún no decidí si catalogar como admiración velada o llana envidia. Sí: chicas altas, ellos las miran. (Creo que empezaré a estudiar a esta nueva subclase: "hombres que miran a las mujeres altas")

Hombres con zapatos originales: confieso que una de las primeras cosas que miro en un hombre son los zapatos. Sí, lo sé, es incomprensible y muchas veces no me aportará gran cosa, pero qué quieren que les diga: miro sus zapatos, es un vicio. Entonces, la regularidad que encontré es esta: un hombre que calza zapatos originales ya es, de movida, un bon vivant. Uno puede tener una camiseta única, pero también te la puede haber traído un amigo de, pongamoslé, su viaje a Sudáfrica. En cambio unos zapatos es algo que raramente te regalan. Los zapatos de hombre son una elección. Estos hombres que observo fugazmente, empezando desde abajo, por regla general tienen cabellos sueltos o flotantes, en estilos despeinado-casual o mechita-rebelde. Avanzan con ritmo firme. Si van acompañados, acompasan el paso. Este es un claro signo de que tienen buena escucha y capacidad de comprender el punto de vista ajeno.

Los hombres con zapatos originales ostentan un estilo clásico y a la vez moderno, una suerte de equilibrio entre la innovación y las raíces. Muchísimos de estos caballeros usan abrigos largos, larguísimos, que llevan con casual dignidad. Varios de estos sujetos llevan, además de los zapatos adecuados, una mochila en composé. En este caso suman como posibles virtudes el espíritu curioso, la capacidad de ostentar ideas propias con absoluta convicción y el desparpajo.

Dentro de este grupo, hay quienes completan el cuadro con prolija barbita de dos días y semisonrrisa bocona. Les esquivo la mirada si se topan con la mía, porque esos hombres representan un riesgo para mi taquicardia.

Los que cantan solos son un grupo heterogéneo dentro del salpicón de los elegidos para el micro retrato al paso. Cantan chicas y ancianos, y nenitos y adolescentes perforados. Los cantores caminan con movimientos libres, en general no van apurados. Pasan a tu lado y te cuelgan en la oreja una frase de lo que van cantando, y que te arregles.

"...y no te asustes si me río..." "de cada amor que tuve tengo..." "se besaron y en su boca" "después de lo que me has hecho" "somebody tooooooo"

De cada fragmento melódico que dejan al descuido, se desenrosca una vida completa: el que canta Queen se está separando después de 20 años de matrimonio, y le cae la ficha de que tiene más ganas de enamorarse rápido que de firmar los papeles del divorcio. El que tararea la de Ismael Serrano se deja llevar demasiado por la publicidad, y aunque no le molesta ser vulgar, le desagrada ser sorprendido en tantos lugares comunes. El que canta tangos tiene una inconfesada frustración, y unas enormes ganas de confesar.

En fin, que todos los que cantan arden en ganas de entablar diálogo. Serán buenos anfitriones en una fiesta familiar, y si quedamos atrapados con un cantante o un silbador en un ascensor colectivo, será sin dudas quien tome la iniciativa de comunicarse. Los cantantes callejeros padecen de falsa modestia. La versión abreviada y perdonable de la hipocresía.

Y bien!

En los demás transeúntes, mi mirada flota sin horadar. Algunas veces se desata la fiebre catalogadora y mi mente dispara: ese tiene cara de golpeador, ese otro encorva la espalda como si temiera respirar de más...un cagón, me parece, sí, es de los que encogen los hombros y arquean hacia abajo las cejas cuando grita el patrón. La que viene atrás es mala madre. La petisita se viene arrepintiendo de algo que dijo hoy. El de saco a cuadros tiene marcadas las arrugas de los que se rpien mucho, se viste horrible, pero debe ser buen tipo. La pelirroja se ríe de sí misma, va revolviendo la cartera sin encontrar nada, qué mas da, está contenta...

Y a veces la taxonomía es a ritmo de jungla urbana: Místico. Amargada. Chupamedias. Generoso. Onanista. Trepadora. Sumisa. Loquito. Otro loquito. Harta. Pagado de sí mismo. Materialista. Charlatán. Inocente.

Basta, basta, basta por un día... Nunca me salió el truco de la mente en blanco, que con variadas técnicas trató de enseñarme mi maestro de Kundalini Yoga. Pero bueno, necesito pasar una manito de blanco.

Voy a intentar.

Buenas noches a todos. Duerman bien. Sueñen sin palabras.

la misión

9:38 p. m. | 0 Comments


"Pensá que vos sos la luz al final del túnel de alguien"
(no lo digo yo, lo dice Miguel Rep, pero qué reconfortante es creerle...)

me enamoré

6:32 p. m. | 3 Comments

pero no se de qué
o de quién (¿esto será técnicamente posible?)

ardo
mi mente arde
mi corazón se despedaza en astillas de luz líquida

sonrío sin motivos
toda la gente me parece merecedora de consideración y buen trato
se me ocurren ideas brillantes
mordisqueo sabrosos triunfos en mis cuatro trabajos

¡me salen las recetas de cocina!

no me alcanza el tiempo para nada
ardo
me consumo
me veo bien en el espejo

Llego a la conclusión, tal vez errada:
me enamoré
Me enamoré, sin dudas.
Esta dulce confusión de alegría
esta íntima confianza de ser buena,
de ser
digna de lo bueno...qué otra cosa podría ser
sino
Amor?






Pero también...
simétricamente, ay...



ay, las espinas de la soledad...



quién me manda-digo yo- quién me sugiere
andar hurgando en los polvosos y digitales huesos del pasado reciente...

leerme es casi obsceno, leer mis torpes palabras de amor,
me hace sentir vergüenza, una estúpida vergüenza retroactiva,
y yo que predicaba que uno no debe arrepentirse nunca
de aquello que hizo
creyendo que era el Bien.


Pienso:
tal vez no sea arrepentimiento, sino sólo nostalgia...
tal vez no sea el vértigo del "
falling in love"
-uno no debería "
caer" enamorado, dice un filósofo, debería "levantarse" en el amor-
tal vez sea este manantial de sentimientos
que me inunda y festonea de burbujas mis pestañas

un engaño dichoso
una punzada en el cuerpo fantasmático
del deseo

Me siento locamente capaz
de amar a todo el planeta
de amar a todas las criaturas...
una revolución de amor alzada en armas
irrefrenable, rabiosa de alegría, susurrando alaridos,
dulcemente amarga,
oximorónica,
igual que yo...

(Ahora me leo, me releo, y escribo, y me reescribo. Qué va a ser de mí, después de la turbulencia... después de la feroz identificación con todas las canciones románticas de la historia... cuando aquiete sobre mis hombros sus alas frías, la consciencia de ser impar)

Señor Intendente de Monte Grande:
entre las muchas cosas que NO HARÁ me permito sumar la idea de tener un curso de agua limpio en la zona.
Para ir a tomar aire, para sentarse a la orillita, para dejar que el alma se lave con el sonido del agua que discurre...
O una playita de arena, con una orilla linda y mansa, no digo un mar, no, no...pero un lago?
Yo digo que los pueblos que tienen un horizonte de agua se apegan menos a las cosas de la tierra. Que el agua los vuelve más alegres (y acaso más limpios?)
Mire qué lindo el jardín de mi vieja, si lindara con la lagunita municipal, a que sí?

Pero claro, los desfavorecidos con la naturaleza debemos contentarnos con la cultura.
La torsión

Mi firma es como un lacito que se desarma en el aire.
"Parece un perro corriendo, profe" me dijo una vez un alumno "pero es linda"
Yo tomé un curso de psicografología que me encendió en los ojos una golosa atención, incapaz de sustraerse a anticipar algo de la personalidad tras cada firma, tras cada letra angulosa, filiforme o henchida.
Curiosamente, y aunque traté de "sanarla", mi firma ostenta un rasgo típico del sufrimiento amoroso, que en grafología se conoce como "la torsión". Sólo que la he disimulado bastante, y entonces toma el aspecto como de cierto arte de la filigrana. Duele la torsión, pero parece danza...
Diría mi amigo chileno, que es una vez más mi capacidad de ser creativa con el dolor...

Las formas malditas
De verdad renunciaría con todo gusto a la creatividad de mis modestos dolores de amor. Pero por algo no lo consigo. Intuyo que una vez que las probamos,drogas adictivas, no somos capaces de despellejarnos las manos para quitarnos estas formas malditas del amor entregado.
Habrá quienes aprendan de los malos tragos y logren endurecerse antes del siguiente magullón.

Habrá quienes se amargan la saliva y deciden volverse más cínicos o mas pragmáticos.

Los que practicamos -en el amor- la torsión con un diminuto regusto de belleza solemos revolvernos en una suerte de morbo masoca que nos empuja ciegamente, dañosamente hacia el motivo de nuestras penas y lloros.

Esto se lo conté al chileno también: tuve un novio que había cometido la torpeza de compartir conmigo su correo electrónico. Cuando me dejó, le mandé esos mails negros... densos... profundos... llenos de dolor y sangrando mis heridas... La respuesta fue silencio, y silencio y un poco más, atronadoramente: silencio.

Entré a mirar...ejerciendo una vez más esas formas malditas contra mí misma. ¿Y qué hallé? Nada digno de ser recordado. Salvo, el siniestro destino de mis mensajes: todos, toditos, todos en la papelera.
Yo me había esmerado en apretar la torsión de mis fibras cardíacas, destilando lo mas puro y refinado de mi pena...y él simplemente lo echó en la basura!
No me sirvió de nada ver ese paisaje, pero alcanzó para añadir algo de sal en la cortadura, para sentirme miserable y sin valor.
Y uno se ve así: sabiendo que no hay nada bueno en ello, apretamos la soga que nos ahorca, nos adherimos a la peor parte de lo que nos ha quedado en el canasto de la ropa sucia...

Placeres mínimos y la tecla Suprimir

Entonces...dónde empiezan los consejos? Aquí mismo, para mí misma: este es el año en que me propuse trabajar menos y tener efectivamente -realmente- tiempo libre.
Y no hablo de tiempo para aturdir la cabeza, para sentir un vértigo rabioso de "fin de semana". Sólo...tiempo de libertad: para hacer panqueques con mis hijos, para ir a tomar mate a la placita, para mirar libros en Corrientes, para dormir 14 horas si me lo pide el cuerpo, para el platito de empanadas con los amigos...
Para sentarme a escribir, por puro placer hedonista...
Para pasear por Internet, pero solo para divertirme...
Para emocionarme leyendo (o re leyendo) los mensajes de gente querida...Como dijo el mago Gandalf "no todas las lágrimas son amargas" y muchas veces es una forma de consuelo y humanizante alivio eso de soltar unas lágrimas por un sentimiento noble...
El otro sanísimo consejo es borrar las huellas que nos atan a las formas malditas del amor. Huellas digitales, claro, que las hay: las fotos, los mensajes, las muescas de sus sombras en la pantalla. Borrarlas, borrarlas sin demora, borrar los accesos directos que nos transportan a ese pasado, aunque nos lleven a un pasado feliz, porque en la línea siguiente reconoceremos el anticipo de la sombra que no supimos vislumbrar.Borra, arranca, elimina, desmaleza: duele pero purifica.
Quemar los puentes, porque por ellos sólo nosotros deseamos transitar. Los que nos dejaron se han ido hace ya tiempo y lo que allí queda para nosotros es solo el autoflagelo y la compasión de los idiotas.
He descubierto que las personas que no se atreven a amar con pasión y entrega, por mas que sean buenas gentes, terminan portándose mal con aquellos que los rodean y en especial -¡siempre sucede!- mucho peor con aquellos que los aman. Analizándolos mucho concluyo que la causa de esta conducta loca suele ser el miedo.
Miedo a involucrarse, miedo al esfuerzo de tener que "remar" para que la relación crezca, miedo a aburrirse, miedo a engañar, miedo a ser engañados....miedo ...miedo...miedo...
Y contra el miedo del otro no hay mucho por hacer. Sólo ponerle nombre. Y acaso ubicarlo en el estante que le corresponde: vos tuviste miedo, mientras tanto, yo me tiré al agua. Y bue..

La natación de los náufragos

Hay algo que no entiendo bien: por qué cuando uno sube un avión le explican todo lo que pasaría si el avión se cae? Eso por que no te lo enseñan al sacar el pasaje? Uno sube a un bote de paseo y el capitán insiste en que todos nos pongamos los chalecos salvavidas y fijemos la vista en los botes de emergencia, mientras replican la pantomima del hombre al agua buscando el silbato en su chaleco para pedir ayuda. Eso solo sirve para ponernos en pensar en la muerte, en lo feo, en la posibilidad del dolor inminente.
Estrategia civilizatoria al fin: el miedo te atornilla a tu asiento mejor que el cinturón de seguridad.
Los viejos marineros, los más sabios, repiten en cambio este refrán "No luches contra la mar, únete a ella"
Creo que si se le puede dar un consejo tranquilizador a un náufrago es que acepte su condición tratando de no desesperar, y se deje fluir. De nada servirán justo ahora, justo en el momento de la pérdida, del barco hundido, de lo irremediable, los pataleos e intentos de reflotar la nave.
El estilo más adecuado de natación de los náufragos es el menos elegante: hacer la plancha, flotar...calmarse para encontrar la aceptación. Titanic o canoa de astillas, pero hundido al fin ¿a qué sumar más llantos?
Mejor empezara practicar la alquimia, transformar el esfuerzo doliente, la frustración, la bronca, en una tranquilidad que nos energice. Para arrancar de nuevo. Si no hay tranquilidad no hay creatividad posible.
Al menos eso dice Krishnamurti.
Ese es todo mi secreto, querido amigo. Soy una maga rebelde con el gremio, que revela sus trucos y los comparte cuanto puede.
Si yo puedo sacar de mis dolores bellos párrafos o fuerzas sobrenaturales, todos pueden. Incluso usted, usted amable lector, usted fidelísima lectora, usted, de los ojos escrutadores.
Paradoja final
Para dejar de sufrir hay que sufrir un poco.
Es una extraña paradoja, pero curiosamente funciona.
Y para entender el amor, primero hay que entender el amor.

Si no se entiende a la primera vez, intentas una más.
Y una más.
Y una más.

Y así, hasta el final de tus días.

Epitafios

11:57 p. m. | 15 Comments

Cuando era una niña-poeta, se me había ocurrido que todo poeta debe pensarse un buen epitafio. Una frase que cause un último estremecimiento en quienes te han conocido, que encienda la imaginación de los que no lo hicieron.
Un epitafio que se precie necesitará ser breve y contundente. Si adorna una tumba no demasiado sombría, probablemente surta mejor efecto.
No sé...luego, con el tiempo, empezó a preocuparme la tarea ineludible de vivir y abandoné definitivamente la búsqueda de un epitafio. Que escriban lo que quieran o que no escriban nada.

Pero hace unos días, un mensaje de correo, mi querido amigo Juan, que está volviéndose experto en padecer y no revelarlo...ay, ay, Juan...

Él me decía que acaso en su epitafio se lea la frase "Su vida fue una eterna promesa"

Y si bien suena hasta bonito, destila mucha tristeza...La tristeza nunca amadrina futuras alegrías, se basta a sí misma, se da de comer como puede y engorda a costa de nuestras flaquezas.
Mejor un epitafio que diga algo irreverente, Juan. Como el que hizo escribir,
con sorna postmortem
Miguel de Unamuno: "Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo."
O con la displicencia y el desapego de las pompas fúnebres que tuvo Diógenes, el cínico, el perro, el filósofo furioso y peleón.
Al morir echénme a los lobos. Ya estoy acostumbrado.
(Y, en cuanto releo el párrafo: que frío golpeteo de dientes eso de "pompas fúnebres"... se me representa en el fondo de la imaginación un cielo negro cuajado de pompas jabonosas que se dejan llevar por un viento oscuro...pompas de luto...pompas nihilistas...)
Y los poetas, los auténticos poetas muertos, ésos sí que han sabido pergeñar el milagroso haiku de su epitafio. Las ocho, diez palabras justas. La frase buen_remate, la frase final_con_beso.

Mi admirado y doliente Juan Ramón Jiménez profetiza:

"..y cuando me vaya quedarán los pájaros cantando..."
En espejo caleidoscópico con el espíritu libre del Mayo Francés, que aseguraba que había arena de playa bajo los sucios adoquines, el poeta chileno Vicente Huidobro hizo escribir en su epitafio:"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar"


En la lápida de Borges, junto a un grabado con siete guerreros, se lee, en inglés antiguo: "And ne forhtedon na", una frase que pertenece a un poema épico y que se traduce como "Y que no temieran".
Es un fragmento brevísimo y críptico del relato de una escena de guerra, en la cual un jefe que lleva a sus valientes a una muerte segura, los instruye y alienta, les da consejos para posicionarse en el campo de batalla, que sostuvieran bien firmes sus escudos, y que no temieran...

Los guerreros de Borges me llevaron a recordar la dedicatoria del guerrero argentino por excelencia, a la joven y frágil madre de su única hija, muerta de tuberculosis y de pena, a sus cortísimos 23 años:
"Aquí descansa Remedios Escalada, esposa y amiga del general San Martín".

¿Se escriben epitafios para quienes no tienen tumbas? A algunos les toca la nada como tumba, a otros el mundo entero, a Camilo Cienfuegos le tocó el mar. Cada año, el 28 de octubre, se llena de flores el mar...se renueva esa rara tradición de llevar flores a quien nunca las verá...
Para Camilo, tal vez sería un buen epitafio los versos de Guillén:

Duerme, descansa en paz -dice la mansa
costumbre de las flores-, la que olvida
que un muerto nunca descansa
cuando es un muerto lleno de vida.


Quizás si los epitafios no se escribieran con las manos del dolor, serían retazos de poesía viva, serían lo mejor de cada uno, serían el recuerdo más precioso, el rostro más amado y más amador, el gesto más noble de todos, la virtud más límpida y brillante.
Nunca relatarían aquello en que fallamos. Dirían algo humano y accesible, nos pintarían de una sola pincelada como lo que fuimos: seres imperfectos tratando de ser felices.

Yo, quizás pondría como epitafio para Juan:
"Leyó mucho. Amó en exceso. Contó demasiados chistes de humor negro. Así le fue"
El viernes hubo reunión de profesores en mi Instituto.
Hablamos de las prácticas docentes, de la historia reciente y de la antigua, del nuevo modelo de la geografía crítica, de temarios, de papeles, de libros, de mapas, de fechas.
Hablamos de Internet, cuco y semidiós para las ciencias sociales.
Después de la reunión académica -como buenos argentinos- nos fuimos a casa de Dianita a comer un asado, que se prolongó en chistes y risas hasta las tres de la madrugada.
Yo madrugué el sábado y mucho me temo que mis alumnos acusaron recibo de mi estado de somnolencia porque uno de ellos sugirió, a media mañana "profe: quiere que cortemos y se toma un café?"
Me quedó un sabor dulce al recordar que la noche anterior, aún en medio de la fiesta de las palabras doblesentido y los asaltos etílicos del inconsciente, hubo acuerdo entre los profes con los que trabajo en el sentimiento de estar haciendo algo que puede provocar un buen cambio.
No la revolución. No el cisma del siglo XXI.
El goce sin precio de estar haciendo algo bueno, de estar sembrando futuro, de estar regando esperanzas. Me hubiera gustado que los alumnos de estos profes, futuros docentes ellos, hubieran podido visitar, invisibles, la mesa de ese asado para sentir -o para confirmar- que su formación está en buenas manos.
Que vivan los buenos maestros
Gracias a alguno de ellos llegaste a leer este post hasta aquí. ;)
Nací un lunes.
Llegué precipitadamente, aunque ya era pasado el mediodía. Dicen que mi mamá sufrió un momento de angustia cuando fue a buscar el dinero guardado para el momento del parto y no lo encontró (años más tarde me enteré que fue destinado a la compra de unas redes de tenis, que es un deporte que no me gusta ni en videojuegos...)
Que ese día estaba en el puesto nro 1 de Estados Unidos el tema "I Want to Hold Your Hand" de los Beatles y ese año se llevó el Nobel el señor Jean Paul Sartre, que en ese momento no imaginaba -calculo- que cuatro años más tarde, estudiantes rebeldes de La Sorbona usarían sus frases como adoquinados argumentos en el Mayo Francés.
Que la luna estaba colgada del cielo con un perfil flaquito de cuarto creciente.
Que nací el mismo día que Bobby Fisher (pero él 20 años antes) y que Yuri Gagarin (él, 30!)

Nací por aquí, bien al sur del mundo. Pero, de haber nacido en Marte, estaría cumpliendo 23 años nomás. Y apenas 0,177 si me hubiera tocado en ¿suerte? nacer en Plutón. Sería una noble anciana de 182 años mercúricos y mi próxima velita habría de soplarla allí, en ese calcinado planeta fuego, el 5 de Abril. No, paso: no me alcanzaría el presupuesto para tanta torta...
Y me sentiría como el farolero del cuento del Principito (aunque dudo que yo fuese tan celosa del cumplimiento del deber, la presión del tiempo que corre mataría mi gusto...)

Puestos a evocar números, se dice que ya pasé por 16.072 días de existencia. Pondré más atención al derrochar el siguiente, no parecen tantos comparados con otras magnitudes...
Increíblemente uno puede narrar su vida en pocas frases, bastan una modesta colección de verbos en pasado simple y un puñadito escaso de conjugados en presente, y tu vida es apenas eso: cosas que has hecho, y punto.

Crecí con mis tres hermanos, y la remembranza dice que era una buena vida. Yo era una nena de rostro frecuentemente tiznado de melancolía, no seré ingrata, no había de qué sufrir, mi recuerdo simplemente indica que me emocionaba demasiado, tal vez. Fui una adolescente tímida y convencida de estar parada en la vereda de los lusers, entonces se desarrolló mi veta intelectual (es una vulgaridad, siempre sucede). Me apasioné por enseñar, en eso me va la vida todavía.
Me enamoré, me casé, tuve dos hijos, dos soles encendidos. Me desenamoré, me divorcié.
Trabajé mucho siempre, ahora trabajo más. También me río más y disfruto más lo que tengo. Una gran pena que, paralelamente, sigo sufriendo por los bamboleos del corazón. Bueno, la verdad es que siento, que también -maldita sea- sufro más.

No sé... cuarenta y cuatro ¿es una buena edad para ponerle puntos a algunas íes? ¿Es buena para barajar y dar de nuevo? ¿Para cambiar de planes? ¿Para volver a confiar?
Yo quiero hacer la prueba.



Llueve...llueve... en todos lados llueve...
La monotonía del canto de la lluvia no hace más que remitirme al viejo tema de Silvio.
Llueve otra vez
donde no hay más conmigo
que fieros animales,
que tiernos enemigos.

Quiero que salga el sol, aunque sea un sol que despide el verano, aunque sea un solcito blanco mediopelo. Quiero que ya no llueva...¿cómo se conjura al cielo para que deje de llorar ?
Las letras forman las palabras. Quién no lo sabe.
Bueno, cómo estar seguros de que El Que Bate La Coctelera lo sabe bien.
Bien podría yo estar diciendo las palabras correctas, pero en el orden inverso. Las palabras necesarias, pero en el tiempo inoportuno. Las letras adecuadas, pero formando palabras ininteligibles.
En todos esos casos mis plegarias no serían escuchadas...o lo que es aún peor: sí! podrían ser escuchadas! sólo que con consecuencias nefastas para mi orden de pedidos.

Juego el puzzle humano más antiguo: el de la comunicación.
Encastro, suelto, superpongo, mantengo el equilibrio. Las mismas palabras nombran seres distintos, las mismas letras, en orden idéntico, ahora escriben algo que nombra a otra cosa.
Por caso: sé que la palabra "ausencia" no es la ausencia. Pero nombrarla equivale a revolver la sopa de sus fantasmas.

Temo decir algo que, incitando a la mariposa a batir alas, desencadene un huracán.
Una vida puede pender del hilo celeste de una palabra.
Una historia completa puede caber en una frase.

zapatitos
Se dice que el escritor Ernest Hemingway citaba como su mejor obra una frase de sólo seis palabras: "En venta: zapatitos de bebé, sin usar" (1)

Una obra literaria breve y brutal, Sir Ernest. Armó ese puzzle con maestría, hay que reconocerlo.

Por mi parte, no pude evitar la fascinación y el desconsuelo por identificación que sentí con el personaje del libro que leo, cuando detalla su reacción ante un mensaje de sólo tres palabras.
Transcribo:

"Hube de leer repetidamente, con incrédulo estupor, las exactas y fatales palabras. Hube de palpar, sobre el rugoso y húmedo papiro que las contenía, los precisos trazos que las formaban, hube de deletrearlas, examinando los menudos detalles de cada rasgo, la absurda (pero terrible) trabazón de sus sílabas, un arbitrario artificio que podía, en otro orden, haber compuesto cualquier otro mensaje quizá esperanzador, pero que tercamente se obstinaba en componer sólo aquella desmesurada noticia. Hube de permanecer una infinita suma de soledades hechizado ante esas tres palabras fatales para convencerme, por fin, de que no cabía posible error"

Cierto, yo me enteré de las tres palabras al seguir leyendo.
Pero... toda la escena podría preceder a la lectura de cualesquiera "tres-palabras" que nos laceran o nos redimen para siempre, que no esperábamos, que no suponíamos merecer...
¿Cuáles podrían haber sido?
¿Qué jugador maldito del scrabel del destino dispuso de ese modo las letras y las sílabas?

¿Cuáles eran -imagina conmigo- esas tres unidades aterradoras e irrefutables?




(1) Lógico, eran seis en inglés: "For sale: baby shoes, never used." Vía: 6palabras

la única verdad

11:27 p. m. | 0 Comments

...es la realidad.


Así dicen los seguidores del viejo líder de las frases regias.
Así lo repiten los economistas, los dueños de verdulerías, los implacables números de los índices.

"La única verdad es la realidad"
Controvertida afirmación, porque uno ve la realidad con las gafas que le fue construyendo el lenguaje, la cultura, el corsé de muchos siglos de forcejeo contra los instintos.

¿Cuál es la Verdad, la Verdad con letra capital y rostro descubierto?
¿Qué faceta del cristal estoy mirando, qué sombra de la caverna me dicta una jaculatoria para nombrar lo que mis ojos quieren ver?
La realidad...dónde reside?
¿La realidad es el número que está impreso en mi ticket o es la fruta que sostiene mi mano?

La "voz" del amigo que a miles de kilómetros, por el puente magnífico de Internet, me dio ánimos y me describió esperanzas futuras...es menos real que el silencio de corderos de los que estaban al alcance de mi mano? ¿Menos real que la murmuración de la estupidez?

Y como se pone espinoso trazar la línea entre la verdad y la realidad... les cuento un caso.
Lunes por la tarde, día de trabajo en la oficina. Suaves susurros, clics de teclados, el ronroneo neumático del ascensor cada tanto. Cada uno en lo suyo. En su verdad. En su realidad.
De pronto, por la ventanita abierta del monitor, por la canilla goteante de datos de una web de noticias, el aviso: un incendio gigantesco, justo en este barrio.

Fue Denise, la de la eterna sonrisa, la que dio la noticia: "Dicen en TN que hay un incendio por acá!"
Increíblemente, la primera reacción de muchos (¡muchos!) de los que oimos fue...ingresar a la página de TN!!

Menos mal que nos quedaban ejemplares con sentido común (o curiosidad más urgente...) que corrieron a la ventana a ver...
Entonces los ojos confirmaron "la verdad" de las noticias: sí, en serio, mirá vos, un incendio.

Enseguida hubo quienes aconsejaron volver a cerrar la ventana porque entraba mucho olor a humo, y también entraba el humo propiamente dicho con sus hojuelas de cenizas oliendo a plástico chamuscado.
Cierren, cierren, volvamos a las PCs...

Cerramos. Volvimos: al silencio de los vidrios anti ruido, al frescor artificial del aire acondicionado, a esa tranquila realidad controlada donde no había 50 heridos ni dos pequeños casi asfixiados por el humo, ni gente llorando sus pérdidas ni peligro de derrumbe alguno.
El incendio siguió ardiendo durante veinte horas.

Pero aquí, en los rectángulos de nuestros escritorios, a tan solo dos cuadras del desastre contante y sonante , la realidad era la pantalla de TN, aquí las "cosas" se vuelven reales cuando aparecen ante nuestros ojos mediando una red electrónica que digitaliza imágenes, sonidos, datos, caras, recuerdos...

"La única verdad es la realidad"

Me queda por saber si existe una única realidad. Y si a ésta podemos asirla mediante palabras (palabras dibujadas, palabras sonoras, palabras de palabras)

Por algo decían, con anticipado terror los antiguos sofistas "res, non verba".

templanza

1:04 a. m. | 9 Comments

Templanza. Autodominio. Mantener la calma. No desistir al primer impulso.

Después, sólo se trata de seguir viviendo con la cicatriz.

Y con el tiempo, lo entenderás todo, lo perdonarás todo, te quedarás sólo con lo bueno, sentirás el dulce orgullo de tener heridas de amor.

El monstruito adorable que salió de mi panza hace 17 años me viene a buscar al trabajo para ir juntas a cenar.
Ella habla a borbotones, tira latiguillos, cuenta retazos de cosas que le pasan, de a ratos escucha lo que yo opino o intento opinar, de a ratos cruza en medio de ambas una barrera invisible que la blinda de cualquier influencia de mis palabras.
En un momento, yo le cuento que tengo la certeza, casi siempre, de que voy a estar bien, de que voy a superar cualquier obstáculo.No por omnipotencia (esa tentación te vuelve ciego) sino porque siento confianza en mis capacidades, y porque aprendí la lección de amar lo que uno posee.
Chechu deja el tenedor a un lado para poder ponerse ambas manos en las
mejillas -es corporalmente hiperexpresiva, vaya a saber de quién lo hereda, jeje- y después de asegurar que ella piensa lo mismo, suelta esta frase:
-Es como sentir que podés llegar caminando a cualquier parte.
Siguió a la feliz convicción una desordenada y querible explicación de todos los puntos a los que estaba segura de poder llegar.
Creo, no sé si me equivoco, incluyó el futuro, la eternidad increíble del amor, la luna. Mencionó también algunos destinos turísticos, clásicos y heterodoxos.
No diré que me abrumó el optimismo de mi niña, pues me tiene acostumbrada a su contundente autoestima. Sólo que, en medio de una sinfonía discordante de voces que replican día y noche todo lo que no se puede, su frase de llegar caminando me hechizó doblemente. Por la veracidad: que sea difícil no significa que sea imposible. Y por la fuerza de la simpleza con que lo expresó.
Yo sé que delante de sus inquietos ojos soñadores, todos los pasos inauguran caminos. Sé que por esos caminos empezará a andar muy pronto sin mi sombra pegadita a la suya. Si, claro que cuesta admitir que los hijos crecen...
Pero también sé de qué arcilla está amasada su sustancia.
Ella va a estar bien.
Va a llegar, caminado, a cualquier parte.




Semillas de Chía, dice la señora, para la energía espiritual y la buena salud de las neuronas.
Té verde frío, aconseja la jovencita que me traduce el menú en medio de una colorada de farolitos de papel.
"Yo quiero ver kimonos" insistía la pequeña (que ya no es tan pequeña...ay!)
Hay que tocar al dragón rojo y dorado, para atraer la buena suerte.
Eso lo decían todos, para darse mutuamente paciencia de esperar que empezaran los fuegos artificiales, los petardos, las danzas de espadas alocadas y el paso convulsionado de los dragones cabezones de la buena estrella.
Nos compramos una sombrillita roja de papel, y un cristal tallado que tenía atrapado, en burbujas filigranadas y líneas como de agua, a una serpiente danzante.

Después nos fuimos a comer helado de dulce de leche, para sentirnos de nuevo en casa, lógicamente, bajo un argentinísimo cielo blanquiceleste, al amor del sol, tarde de domingo.
Lindo verla a La Pontiac, esa ráfaga de risa-llanto, siempre al borde filoso de su propio corazón.
Feliz año de la Rata, multitudes de la China.

Yo también creo que estrené el año ayer.
Pierre Lévy un conocido antropólogo tunecino que escribió (entre otras cosas)La inteligencia colectiva, nuestra mayor riqueza” me dio este mediodía de domingo un nuevo motivo de autoalegría que ribetea casi el onanismo.
Resulta que el caballero, profundamente estudioso de las filosofías y tradiciones intelectuales más diversas, traza una cartografía de la inteligencia colectiva posible en Internet usando como modelo las estructuras angélicas más antiguas de que se tenga memoria escrita.
Escrupulosamente, metódicamente, convincentemente -como buen antropólogo- fusiona las historias de querubines y cuerpos diáfanos con las bondades de la virtualidad y la democracia.
Suena disparatado, pero leyendo a
Lévy da gusto sentirse identificada con esa locura a medio camino entre la espiritualidad y la tecnología.
Ah...!
Qué gran placer leerlo, maestro.
Me ha reconciliado con mi Ángel inspirador.

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