Que, hasta donde mi flaca memoria recuerda, no era santo de mi devoción.
Pero las emociones son caballos desbocados que galopan cuando menos uno lo espera. Y yo, que soy solo una cinta de seda amarrada con nudos flojos a las crines de esas cabalgaduras imprevisibles... no encuentro manera de no dejarme llevar. Aguzo el oído, entrecierro los ojos, ausculto el tierno latido de cada melodía.
Mi ocasional Maestro insistía en que existen formas del Amor que prevalecen en el tiempo, transfiguradas o no. Que hay personas a quienes nunca jamás, pase lo que pase, dejamos de amar. En este sentido, sostenía él, es posible decir que existen los amores eternos. No recíproco, claro está. Sí duradero. Sí triunfante del deterioro de Cronos. Sí viviente, cambiante, fragante.
Yo que no, que eso era otro sentimiento, que no era Amor.
Él que sí, que ya iba a tener ocasión de comprobarlo. Sazonaba la explicación con metáforas de plantas y de selvas, y de criaturas y de sucesos extraordinarios.
La verdad, tengo unos locos deseos de darle la razón. Y sí, qué bonito amar por siempre...
Pero no sé qué diera por tenerlo ahora mismo
mirando por encima de mi hombro lo que escribo.