Tanga era el nombre de una prenda de vestir que usaban los guaraníes. Específicamente, las mujeres guaraníes.
Era una pilchita mínima, dos triángulitos enfrentados que cubrían la zona genital y se ataban a los lados de ambas caderas. Hacía muchísimo calor, no era necesario abrigarse más. Infiero que el motivo de cubrirse no era la vergüenza sino alguna cuestión de la vida diaria: las mujeres trabajaban muchas veces en cuclillas en el suelo, y ciertas exposiciones podían resultar peligrosas. Los varones no llevaban ropa alguna.
(Bueno, imagínense el corolario de la historia después de la conquista: hombres y mujeres fueron obligados a "cubrir sus vergüenzas" con una prenda llamada tipoy, una camisola sin mangas, un rectángulo seguramente más incómodo, pero totalmente cristiano y civilizado)
En fin, la tanga era, sin discusiones, la ropa de vestir de las mujeres. Ropa exterior, si le cabe la clasificación.
Con el tiempo y la moral y las buenas costumbres, y el pudor y el recato y el qué dirán, la tanga fue quedando en la zona morbo-prohibida de mirar que era la ropa interior.
Y digo que era porque ya no lo es.
Ahora la ropa interior tiene una producción y una parafernalia de variaciones que elegir un conjunto de bombacha y corpiño te puede llevar una tarde entera.
Porque resulta que ahora la ropa interior está pensada para que aparezca con mayor o menor disimulo a la vista de todos. Hay remeritas de espaldas preciosamente unidas, y las niñas no se preocupan por cruzar igualmente las tiritas de sus corpiños, sino que las dejan asomar sobre los hombros como diciendo "¿ven? tengo corpiño abajo de la musculosa"
Las tangas se llevan todos los laureles en cuanto a exhibición, planificada o no. En conjunción con el pantalón de tiro bajo, las tanguitas multicolores y multimateriales asoman con impudicia aquí, allá y más allá. Y más acá (ay!)
El clásico juego perverso de los niños de hacerle a un compañero "calzón chino" nunca resultó más simple y a la mano. Niñas con tanga: calzón chino asegurado.
Y qué decir de la moda "sexy" para los varones de mostrar el elástico de sus calzoncillos. Especialmente los que tienen alguna marca top impresa o bordada en ese borde, se pavonean adelantando un pelín la cadera, en un gesto inequívoco de "jé. Qué marca de calzones estoy pelando, soy un ganador"
Lo malo de esas modas es que se diseminan y fluyen con un vértigo sorprendente, y a poco de andar vemos resultados vomitivos de la combinación "pantalón de tiro bajo/ tanga" y horribles culos caídos de los cuales sobresalen no solo los elásticos sino también medio calzón arrugado, que se apoya sin reparos en el cinto del pantalón de jean...
Chicos: mirarse al espejo, antes de salir de casa, please...
Pensar que no hace tanto, la admonición de nuestras madres y abuelas, el método infalibe para que accediéramos a darnos otra ducha o cambiarnos de ropa interior era: "Mirá si te pasa algo en la calle y tenés la ropa sucia...!"
O sea: que alguien te viera la bombachita o el calzón (y también las medias, claro está!) era una situación horrenda que sólo se podía justificar si uno sufría un accidente.
Recuerdo que más de una vez me preguntaba, con implacable lógica: "pero...si me pasa algo en la calle...si sufro, en efecto, un accidente... ¿qué importa si la ropa interior está limpia o roñosa...? Quién se va a detener a mirar si la tanguita blanca está impoluta o no?"
Pero, nada, no había caso: el prefantasma de la gente observándome con ojos desaprobatorios era más fuerte. Ma sí, me cambio...por las dudas.
Ahora pensamos qué ropa interior nos pondremos por otros motivos. Por ejemplo porque la misma debe combinar con los zapatos o con la vincha del pelo. Porque ha dejado de ser interior. Se convirtió en un cebo , en un distractor, en una etiqueta a la vista, en un portador de nuestra cédula de identidad, en un anticipo de nuestras costumbres sexuales.
Nos exponemos. Permitimos que las vendedoras nos humillen afirmando "usás push-up, no?"
Coleccionamos en la memoria cientos de imágenes de cientos de personas que desconocemos por completo, a las que les hemos visto el nacimiento de la -antes- pudorosa rayita del culo.
Elegimos los calzones de nuestros hijos varones mirando la estampa del elástico, en lugar de registrar a ojo de madre si el algodón es berreta o duradero.
Y digo yo, no es que dimos la vuelta completa, pero me gusta pensar que a la larga les ganamos la pulseada a los puritanos que obligaron a las bellas y frescas hembras guaraníes a esconder la tanga debajo de un vestido, dentro del cual, casi seguro pobrecitas, se morían de calor y sudor.
Ahí tienen, caballeros de la Santa Bombacha: está de nuevo al aire, haciendo de las suyas.
-I- Tal vez nunca nació. Tal vez siguió el consejo de su pragmática madre y estudió finanzas, y se olvidó de la lírica. Puede que haya tenido un pequeño tropiezo en sus inicios, -digamos, una crítica inmerecidamente ácida- y haya desistido sin más. Tantas fatalidades pudieron haber sucedido para que no se conozca a un poeta que estremece de emoción a los hombres simples y arranca suspiros de melancolía a las mujeres que sueñan amores verdeazules...
-II- Ella estaba a punto de doblar en la esquina. En ese caso, él hubiera cruzado con ella una mirada oscuramente dulce, nocturna, espesa como miel silvestre. Ella, deshecha en susto y amarga premonición, hubiera escapado lejos, muy lejos, se hubiera hasta mudado de país por causa de los presagios de esos ojos lechuzos de quien un tiempo después fuese su inquisidor y su verdugo. Pero siguió de largo. No sucedió ese instante que hubiera salvado su vida, y la de sus cinco o seis hijos soñados.
-III- Al maestro se le ha metido la duda en las entrañas, ese tembleque de la incertidumbre, la fea sensación de estar cometiendo una injusticia al imponer un castigo al estudiante cabizbajo, de dedos entintados y mechones castaños en agitado desorden. Vacila sintiendo el peso de una culpa que –sabe bien- sobrevendrá. Y cuando está por despegarse el labio blanco, para dispensar la salvedad, escucha claramente, con masticada sordina, que el despeinado repite la frase prohibida con fastidio, con ira, con desparpajo, con provocativa torpeza.
-IV- El grillo saltó hacia el pasto un minimicroinstante después de lo debido: las garras del gato lo capturaron con golosa maldad, para juguete del ocio de esa siesta.
-V- Una gota de más en la mezcla, y el tono de la tela viró a un magenta brillante, sin vuelta atrás.
-VI- Dije que sí, que lo haría, y ahora el arrepentimiento me da tres vueltas al cuello y se ajusta con firmeza de constrictor. Dije que no, que no lo haría. Y ahora cómo regreso a este territorio de lo posible para intentarlo.
Sugiero al dios detrás de dios que mueve las piezas, que considere la utilidad de un menú Deshacer
Todos los que escribimos blogs mentimos. Mentimos mentiras blancas, mentimos con audacia o con discreción. Mentimos con inocencia. Con incomodidad. Con alevosía. Decimos, por ejemplo, que no importa si leen el blog tres mil personas o tres, que escribimos por otras motivaciones. Que la ceguera de correr detrás de unas estadísticas se la dejamos a los papanatas de la televisión. Bla. Blabla... Consuelo de escritor aficionado: autoconvencerse de las propias mentiras. “Digo la verdad en forma compulsiva” Esto también es cierto de mí misma. Pero no por moral, sino porque no puedo evitarlo (siguiendo ese mismo patrón es que no fumo, es que no bebo: no es fruto de ninguna virtud, es que lisa y llanamente no me dan ganas de hacerlo…) Digo la verdad en forma compulsiva, y de pronto la verdad es que me odio por descubrir que he dicho varias mentiras. Que las dije con tanta vehemencia que fui la primera en créermelas. Que no es cierto que no me importa si me leen o no: ¡claro que me importa! Y algunos lectores duelen en su ausencia más que otros. Y extraño hasta a los desconocidos. Y deploro que mi cansancio físico me arroje lejos de estos caminitos de letras. Tengo la alegre desgracia de trabajar muchas horas en proyectos que me gustan casi tanto como si fueran recompensas en sí mismos. Trabajo y me divierto, trabajo: invento mundos. Trabajo y se me ocurren más motivos para seguir. Escribo cada día millones de noticias, redacto, ilustro, fusiono imágenes músicas, objetos, tenso hilos por donde las palabras echan a correr como locas filas de hormigas atareadas. Transida de un cansancio sin resuello, me duermo –tarde, tarde, horrendamente tarde- cada día, y dos minutos antes del sopor del primer sueño, siento en los huesos la sabrosa marca de extenuación eufórica del día. Entonces, algunas noches o madrugadas, con un vaho de culposa necedad, pienso en mi blog semiabandonado. Mi recreíto mental, mi gimnasio de neuronas, mi ventilación del intelecto educativo. Están creciendo yuyos en las esquinas del blog, y nadie viene a ver, y nadie asoma… y el que asoma ve que nada ha cambiado en semanas… Los cibernautas son malos amantes (regalo esta sentencia, libre de impuestos, a la primera mujer recién llegada a la Red que lea esta página naranja) Malos amantes que no se aguantan la espera, que enderezan la proa hacia otros mares, que te mienten con infantil descaro, que te dicen que siempre te leen… Me niego a fidelizar lectores con artilugios de marketing berreta (ah, pero si alguien lo hiciera por mí…) Nunca quise poner un contador de visitas (ahora que sé que me he mentido, entiendo que no lo hice para evitarle a veramarina una decepción…) Pero como también caí en la cuenta de que todos los que blogueamos, mentimos….bueno, es que me sigo sintiendo entre colegas. Mudos, paseantes, envidiosos, anónimos, exiliados de sus microtiempos, cada cual en su cuadradito, párpados cenicientos que barren ojos enrojecidos, fugaces, veloces, sombras cibernéticas, pasan y no vuelven, jugando ese juego absurdo y cruel de nuestra infancia. La mala sangre se espesa cuando, por el motivo que sea, doy con un blog que me parece francamente soso, o quemado de obviedades, cuando aterrizo en melosos hellokittysitios, rebosantes de poemas vulgares o en bitácoras tautológicas y replicadas, refritos en los cuales es imposible distinguir una idea original… y compruebo que tiene un tránsito de mensajes apabullante. Claro, claro que me importa. Claro que me pone molesta, cómo no. Por eso me puse a ver donde está la trampa. Porque un blog maravilloso y bien servido (como el del prrofesor Potachov, por decir uno) que reciba montones de visitas, excelente. Pero los otros, los demás millones de clones…. Debe ser un truco, eso dice mi intuición! Bueno: que no es tanto una trampa, como una distribución sin equidad. Los bloggers más comentados son personas con muchísimo tiempo libre. ¿Y qué hacen, estos publicadores inquietos? Pues visitan otros blogs. Con devoción pueril, con un cuidado minucioso, visitan y firman, firman y visitan. Dan una ronda cada día más amplia. Esparcen la semillita de su nombre y no se sientan a esperar; siguen esparciendo. Después la recogen: una permuta in eternum va ligando los espacios de los visitadores-visitados.
Qué decir, es bastante interesante la trampa del buen Blogger. “Saluden a los vecinos” diría mi vieja, allá lejos y hace qué se yo cuantos años “porque es buena educación y porque nunca se sabe si un día los vas a necesitar”
La trampa del buen Blogger había sido pura reciprocidad, como en los viejos tiempos.
Esta es una foto que me autosaqué sin querer, probando cosas en la Mac Book, en el trabajo (en uno de los)
Me gustó porque salí con una cara que es mezcla de concentrada y sorprendida. Porque era tarde y estaba cansada, y probaba cosas a una sola mano (comprobable porque la izquierda la tenía ocupada sosteniéndome la cara. ja.)
Después le quité el fondo escolar y me saqué a dar una vuelta por la naturaleza. Me quedó linda, o más bien: me gustó así.
Este es uno de los tantos e-toys que pululan en la Web2. No es lo que se dice un Picasso, pero me pareció divertido hacerlo. Mis "arigatós" al joven japonés que se dedica a hacer bailar papelitos pintados en la red.
Un amigo me hizo notar esto: que la música que estuvo con nosotros en el pasado (en la infancia, la adolescencia, en los años borrosos de los albores) sigue estando allí. Acurrucadita, quizás. Doblada en 4, en 8, en 23 pliegues. Pero está. Basta que se froten un poquitín las cuerdas de la memoria con el arco adecuado, y la música guardada, increíblemente, estupendamente, graciosamente, empieza a asomársenos por los labios y de pronto, sin pensar, nos encontramos jugando karaoke con los acordes guardados. De pronto una frase sale de un tirón, fresca como el rocío, sorprendiéndonos hasta a nosotros, porque no teníamos registro de sabérnosla... Y enganchada a la canción, al ritmo, al fraseo cadencioso, hacen su aparición en escena otros recuerdos: dónde la escuchábamos, quién nos la cantaba, qué color de ropa se usaba cuando ese tema saturaba la radio, qué sabores, qué fragancias, qué emociones tienen de fondo esa misma tonada. Sospecho que cuando somos chicos gozamos de la impunidad de declarar gustos musicales ordinarios o mixturados. No nos juzgan, nos "disculpan" la falta de buen criterio, que ya tendremos tiempo de crecer y declarar gustos culturales políticamente correctos. En esa licencia para el eclecticismo una se aprendía las canciones de Rubén Matos y las de Mercedes Sosa con entusiasmo parejo. Los cantitos cuajados de trivialidad que nos enseñaban en la escuela y los discos que tenían mis viejos, los remixados de clásica de Waldo de los Ríos, las canciones chillonas de radio colonia a las 3 de la tarde... Me gusta la música para cantarla casi tanto como para bailarla. Estuve confirmando la teoría de mi querido amigo, y, al menos en mi caso, es tremendamente certera: la canción empieza y me encuentra cantándola, aunque falten fragmentos, aunque por momentos baje el volumen y el hilo parezca que se corta. Por ejemplo esta zambita: Estuve esperando unos días para poder cantarla con mi propia voz, y grabarla aquí. Pero me tiene a maltraer la tos... y como las versiones que encontré por ahí no son como ya la recuerdo...he de esperar a que la tos me abandone (si estuviese en el tiempo histórico propicio hablaría de una posesión....!)y me daré el gusto de cantarla, tal como me la dicta la memoria. Por ahora, escribo una partecita:
"Déjame soñar contigo en esta noche quiero yo encender luceros en el cielo para grabar tu nombre en cada estrella para gritar lo mucho que te quiero Cuando llegue el día hallarte aquí a mi lado... Déjame soñar ¡yo sé que esto no es cierto! Porque lo cierto apenas son instantes... vivir de sueños es lo verdadero"
La canto de nuevo, con mi voz ahora ronca y bien bajita, me veo como en una película berreta, sentada a la sombra del roble de la casa vecina, escribiendo en mi cuaderno Arte, o garabateando dibujitos, soñando dulces futuros. El recuerdo irrumpe con un borboteo de anzuelos desafilados, que arrastran hacia la superficie flecos aleteantes de vida, torsión de un hilo que tensa las paredes rojas y obedientes de mi corazón... La extraña memoria que reflotó esa zamba me quiere convencer de que lo cierto apenas son instantes, vivir de sueños es lo verdadero
Esta canción la escuché en las vacaciones. Creo, se le escuché cantar a Zanelli, en el hostel. Sólo alcancé a quedarme con un pedacito de letra en la memoria... el inicio del estribillo. "Presente de um beija flor" se traduce como "Regalo de un colibrí". Hoy la cantó en mis auriculares, con voz suave y cariñosa, Paulo.
Paulo, el viajero de los cielos. Paulo que se improvisa a sí mismo como resignado corrector de mi portugués apestado de argentinidad. Me hizo este regalo, y el de su compañía a través del hilo de su voz, luego de sus consejos sintetizados en breves sentencias de chat.
Pensándolo bien, la conversación que me espantó fantasmas fue mi regalo, mi presente. Paulo lo depositó en mi bandeja de entrada. Esta noche le ha tocado pilotear un colibrí.
Luces sin pestañas, que pestañean. Ranas que cantan a fragmentos, atragantadas de la propia humedad que celebran. Tamborileos de dedos afiebrados que pierden el ritmo. Y lo retoman. Y lo pierden. Y lo retoman. Intermitentemente. A los saltos. Puedo. No puedo. Puedo. No quiero. Quiero. No puedo. Ando intermitente, como poniendo luz de giro todo el tiempo, en una curva infinita que se enrosca sobre sí misma, en una loca espiral. Ahora me tocaron tres días de cama, gripe, ensoñación, dulce confusión de los sueños con la realidad, eso de despertarte y mirate las manos para ver si siguen iguales, porque en el sueño aparecían marcadas con raros signos...eso de abrir los ojos en la oscuridad y que te tome varios minutos reconocer tu cama, esta cama, esta casa, porque venía de un estado onírico en el que mi cuerpo se columpiaba en una hamaca tendida al sol, quién sabe dónde... ese fundido tiempoespacio que amasa nuestra mente entre la fiebre y los recuerdos... Levanto la vista entre brumas de congestión: llueve. La tarde (¿o la mañana?) se ve a través de mi cortina blanca como un tul raído, perforado de gotas que porfían, se aglomeran....caen... pluc...pluc... intermitentes también, en el vidrio benefactor que me separa del frío. Llueve. Maldita tristeza de lluvia, además. "Siempre que te echan de tu casa, llueve" dice Galeano, que dicen los pibes sin techo. Pero en honor del interruptus/proseguiptus (naaa....no sé latín,estoy inventando) tengo una esperanza sin fundamentos de que mañana salga esplendoroso el sol. Que tenga tiempo para bloggear a gusto. Que me enamore del tipo correcto (correcto para mi corazón, no para mi economía, ni para la desprestigiada opinión pública de la familia) Que me salgan las cuentas. Que las luces sin pestañas, no pestañeen.
Que no me sienta fuera de mi ambiente, en ningún ambiente. Que no me ganen la pulseada los fantasmas. Que sea un día de amorosa pre primavera.
"Todo vivir humano ocurre en conversaciones y es en ese espacio donde se crea la realidad en que vivimos. "
Humberto Maturana
¿Cómo es posible que a veces me sienta mejor comprendida por Mer, que vive en Puerto Rico, a quien nunca vi en persona, con quien no pasé un cumpleaños, una navidad? ¿Por qué puedo esperarla online por horas para intercambiar solo tres cosas nimias, y quedarme tranquila? ¿De dónde sale ese hilo manso y perdurable de confianza que me une a sus palabras? De haber conversado mucho. Mucho. Muchísimo. De haber puesto en palabras el desamor, y el divorcio, y los sinsabores de los triunfos-fracasos del postmatrimonio, y los desvelos por la enfermedad que casi me arranca el alma, y su embarazo y el nacimiento del niño, y el fallido viaje al pais de los putos yanquis , ...y las noches en blanco... y las charlas "como los locos"...
En las conversaciones se me revelan las personas, las intenciones, las conexiones entre lecturas y mundo, las pequitas blancas que está sembrando el futuro en mis neuronas.
Conversando con Beto es que lloré tupido y parejo un par de veces, él allá en el frío y el viento, yo acá (¿acá? donde es "aca" si estábamos tan cerca...) mientras él remataba con "dale, zanguanga, no llorés". Y ni siquiera habia mic...pura comunicación alma/alma .
Conversando con Pan entendí la verdadera dimensión de la locura y el potencial de mi valentía, que esperaba en las gateras.
Me valido y me reconstruyo día a día en esa trama de charlas que me atraviesan...
¿Pero cómo es que se tienden y entrecruzan los hilos de las conversaciones en Internet?
¿Será que tengo un insólito talento, una varita de tres puntas virtual que indica el sitio donde podría abrevar su sed mi espíritu conversador, soliloquero, expresivo por las suyas?
Algo de eso intuyo.
Uno tiene innumerables oportunidades de relacionarse con personas, personas reales y virtuales (son las mismas, tonti, son de verdad también....) y entre ese manojo de brillantes puntos luminosos, como monstruoso ramo de flores de fibra óptica, yo miro a unos sí...a otros cientos no...
Voy rápido así que no puedo fiarme de ningún método de análisis serio: elijo conversar con alguna gente porque sí, porque me piace... Normalmente elijo bien, o eso vivo creyendo.
Uso etiquetas para recordarme a mí misma algunas categorías que ordenen mínimamente el bello caos de las palabras. Una suerte de autoalzheimer.
Ahí es donde fallo a menudo. Etiqueto erradamente, soy una blogger renegada y obtusa cuando median las emociones.
Hoy, recién, hace un momento, recibí esta advertencia en una conversación que me dejó pensando (como siempre) en unas doscientas cosas que me gustaría profundizar. La tomo, porque vienen de un profesor que se ha esforzado por explicarme cuántos pares son tres botas, si uno quisiera ponerle calzado al corazón, para que se clave menos espinitas, para que se ande con mas cuidado, caramba.
"Ojo con el tagging sentimental" dice, en algún punto.momento.resquicio de la conversación.
Que compasión y con-pasión son dos humores idénticamente motivadores -para mí- pero con resultados sentimentales bien contrapuestos. Que cuidado con los remedios y las curaciones, que en griego veneno se dice pharmakon...
Algo de eso debe haber, concedo.
Y en el espacio donde converso, la realidad aparece, borboteando, rebalsando de su olla tiznada que nunca estará al final del arcoiris.
¿Me creerán ahora, cuando a la pregunta "dónde vivís" respondo "aquí, en la red" ?
Hola, señora mamá Aquí nuevamente con usted, para acercarle una caterva de consejos imposibles de seguir. Pero no importa, todos lo hacen, predican lo que no cumplen, después del "haz lo que yo digo, más no lo que yo hago" evangélico, cualquier pelandrún se siente con derecho a impartir lecciones de moralidad. Así que hoy, señora mamá, le quiero hablar de las vacunas. Ay...si si si: las vacunas! Esas cositas pinchudas que nos libran de todo mal, que nos evitan morir como convulsos de tos ferina, que nos guardan de las caras deformes de la parotiditis, que nos evitan echar espuma por la boca, como perros hidrofóbicos.
Y hay vacunas de todas las calañas:
vacunas para pobres, (esas las tienen casi todos, porque te obligan en el hospital, y bueno, ya que nació otro crío, al menos que le pongan algo que le aliviane la vida a la que llega
vacunas para ricos (esas que se pagan en cuatro cuotas y cada año te enterás de que te cubrían sólo la versión C-31 de la citada peste....ahora van cuatro cuotas más para protegerse de la cepa C-32... la puta, parecen marcas de celulares las enfermedades modernas!!
vacunas para mascotas (más baratas, más espaciadas, gracias a Dios...)
vacunas para viejos (antes los viejos de 80 se morían de gripe o pulmonía sin decir agua va... ahora se vacunan los pobres, y así tiran... otro invierno de soledady hastío...)
vacunas para viajeros (esas son dolorosas pero suelen ser muy top: "me vacuné porque tuve que visitar la zona de las pirámides, viste?")
Ahora mire usted, señora mamá. No existen las vacunas que protejan a nuestros hijos de los peores males. Nadie inventó la vacuna contra el abuso, contra la explotación infantil, contra la ignorancia premeditada. No hay vacuna contra la pedofilia. Ni tampoco remedio para las bestias que la padecen y desparraman...
Yo creo, mire, qué quiere que le diga, señora mamá... creo que ya es buen tiempo de agarrar la manija de la superindustria vacunocéntrica y empezar a generar algunas vacunas nuevas que valgan la pena. O valgan la alegría. Sí, mejor.
Mientras tanto, como siempre! va la lista de remedios caseros:
Vacune a sus hijos contra la mediocridad: aléjelos del masaje electrónico de la tv (¿qué? acaso no leyó nada sobre la plasticidad del cerebro?) al menos unas horas por día y enfrásquese con ellos en diálogos absurdos. No se preocupe, señora mamá: no se volverán locos y mucho menos absurdos ellos mismo. Usted pruebe. Pruebe y sostenga.
Vacune a sus hijos contra la hipocresía: déles la oportunidad de ver que usted le dice lo mismo sobre un tema controvertido, a dos personas diferentes, el mismo día.
Vacune a sus hijos contra la infancia fingida: no los trate como a idiotitas, aunque sean peques. No durará más tiempo su infancia (la de ellos) ni su juventud (la de usted) por tener en casa un papanatas de 5 años que habla como bebé. Ibidem: cuando crezcan un poco, no pretenda que sigan creyendo en el ratón Perez o papá Noel solo por darle el gusto a usted. Permítales creer, y también permítales dejar de creer.
Vacune a sus hijos contra la violencia: simplemente no les pegue jamás. No ejerza violencia física sobre ellos jamás. No hace falta para nada. No, para nada. Y punto.
Vacune a sus hijos contra la rutina: muéstreles que algunas cosas se pueden hacer, a veces, de maneras innovadoras.
Vacune a sus hijos contra la vulgaridad: habléles con palabras sustitutas. Eso es! con sinónimos! Úselos ud misma con confianza y fluidez, de manera que se sientan cómodos de hablar con términos comprensibles -aunque no sean tan usuales-, y no se vean como unos frikis culturosos.
Vacune a sus hijos contra la tristeza y la desidia: trabaje con ellos sobre el valor de las pequeñas ventajas de leer, conversar, usar Internet, oir música, saber juegos, historias, poseer ingenio... Haga que se sientan dichosos por lo que tienen, y capaces de progresar o alcanzar mejores metas si se siguen esforzando.
En fin... la lista podría convertirse en una sucesión in eternum de buenos reemplazos de las vacunas que aun faltan. Seguro, alguna de estas, fallará en sus resultados, o tendrá alguna que otra consecuencia emergente no deseada. Anótela, por favor,señora mamá, en la lista de efectos colaterales, y pase después por caja que le devolvemos el tiempo invertido.
Pero, mientras tanto, mientras la vida sigue a toda marcha, mientras los chicos se vuelven gigantes en miniatura, podemos ir probando, señora mamá, como hemos hecho forever y sin permiso: medicina de entrecasa, que le dicen, remedios para todos los males.
Vacune a sus hijos, señora mamá.
Es un mensaje del Futuro Inmediato, para su total satisfacción.
Así es, así debe ser: la buena vida se vive en este valle de lágrimas. Es que soy de modestos pareceres, y me doy unos gustos gasoleros. Entrar a esa confitería todo maderas y luces naranjas, pedir esas tortas pantagruélicas de chocolate, crema, nueces, frutillas....todo... mirar cómo la tarde helada se vuelve nochecita violeta, reírse de los mismos viejos chistes...
Sí, señores, sí, señoras: yo tengo una buena vida.
Pongo a todos los ángeles de testigos Ellos no me dejan mentir.
Esto sucedió en el mundo hace 10, 11 años atrás. Pero ahora "sucede" en las pantallas, y eso lo termina por catapultar hacia la volátil y cruda carnicería del universo de la información. Ahora que está en el cine, en los blogs, en las webs de críticas, yo me entero, tú te enteras, se difunde... existe, por fin.
La escafandra y la mariposa es un libro que no fue escrito por su autor.
A saber por qué: el autor, Monsieur Jean Dominique, un brillante periodista, un tipo exitoso, redactor de Elle, tenía 43 años cuando sufrió un accidente cerebral exótico que le trajo, tras veinte días de estar en coma, una consecuencia horrenda. Su cuerpo -por completo- quedó fuera del alcance del cerebro. No podía comer, moverse, respirar, hablar...sin asistencia. Los médicos franceses, eficientes como ellos solos, descubren que se trata de un mal bautizado como "síndrome de cautiverio". La mente -brillante y furiosa- está atrapada, intacta, en un cuerpo casi muerto, al que sólo le queda un movimiento voluntario: el pestañeo del ojo izquierdo.
En este estado extremo, en el que muchos (me incluyo, supongo) hubiesen abandonado toda esperanza... o hubiesen sido presa de la locura, presa ingenua y acobardada de la locura, él reinventó la comunicación. Penosamente, trabajosamente, empezó a comunicarse parpadeando frente a un carton con letras que se le señalaban. Guiño: sí. Doble guiño: no. A: no B: no C: sí. Letra...letra... letra... guiño...guiño... guiño... hasta formar la palabra CASTAÑAS. ¿Castañas? No, no es por eso que no puede hablar, Mr Jean Dominique... no hay nada obstruyendo su garganta...
Y así, reemplazó el libro que tenía proyectado escribir en sus ratos de ocio, entre el trabajo y el amor de una linda novia que tenía, el libro que iba a coronar sus audaces columnas de periodista con alguna suculenta crítica literaria....con esta historia desgarradora, vital, de una belleza austera, minimalista, increíble.
Describió así su propio método:
«A las cuatro de la mañana me despertaba. En la oscuridad, las palabras empezaban su danza hasta ordenarse en frases redondas. Pese a tener la sensación de llevar siempre guantes de boxeo y botas de esquí eran momentos de alegría. Cada tres o cuatro días, Claude me releía un pasaje y me sugería cortes. Nunca dudé en sacrificar una noche de cavilaciones y mañanas de dictado. La bestia tenía que quedar impecable».
Allí narró la sensación aniquilante de ver su rostro, antes tan bello, tan mundano, tan parisino, convertido en la máscara de un zombie, con un solo ojo abierto (el otro debieron coserlo) y una torsión rígida e involuntaria del cuello. Explicó la comprensión que sintió por sus hijos que se negaban a verlo, convertido en una masa de carne inmóvil sobre una cama. Ironizó sobre los comentarios crueles de otros periodistas que mencionaron su estado después del accidente como "reducido a un vegetal", preguntando a su vez qué clase de vegetal creían ellos que era él: ¿una espinaca? ¿un pickle?
El libro se publicó un año y tres meses después del accidente. Un récord, para ese método torturante.
El 9 de marzo de 1997, ese día que yo cumplía 33 años y empezaba a preguntarme seriamente sobre la continuidad de ciertos procesos, Jean-Dominique, con 44 años, la edad que tengo hoy, que su historia me alcanza, restallándome en las vísceras y en la mente como un rayo místico y doloroso, murió en un hospital de París. Ahora mismo... miro mis manos, movedizas, toquetonas, recorredoras... miro mis pies retorciéndose bajo la silla o marcando el ritmo de una canción, siento el mordisquito del frío en los muslos... todo me maravilla, como en un estado de insight inesperadísimo. Soy todo esto, todo lo que siento y pienso, todo lo que percibo y experimento, soy el sol de esta tarde cuando volvía charlando con mi hija, soy el movimiento de agacharme a recoger dos tréboles de cuatro hojas esta mañana en la cancha de futbol (sí! dos!), soy las letras que se ordenan en la pantalla, soy el café que me preparé,-fragante, dulce, tibio-, soy el deseo loco que acabo de mandar en un mail.
"Sigo siendo padre de dos hermosos hijos, a quienes dedico este libro" dictó Jean Dominique, con su perseverante ojo izquierdo.
Creo que el cautiverio de la mente es un castigo deshumanizante, y por eso admiro con más fervor a este señor, que pudo seguir siendo, en el abismo de la fealdad, del abandono, de la imposibilidad de casi todo...un ser humano, un escritor, un padre.
No sé qué causa abrir, donde firmar, ante quien presentar el pedido. Pero solicito que se le concedan muchas más vidas, muchos cuerpos para gozar lo que no pudo, muchas oportunidades de estar otra vez en el mundo, de ser libremariposa entre flores y vientos, lejos, muy lejos, abismalmente lejos de la prisión de una escafandra.
El trailer de la peli, que tiene buena crítica al menos, sólo para ilustrar.
O tal vez debiera decir otro regalo. Verán, es que últimamente siento que recibo, en múltiples formatos y sustancialidades, regalos de personas que cruzan en mi camino. Presentes. Eso son: cachitos del presente, agujas de pura luz, componentes de un síndrome que se va alineando lenta, lentamente, perezosamente, que comienza a perfilar la figura completa del puzzle. El regalo que recibí el viernes recién pasado fue: una apreciación ...tan honesta, tan bella en sus palabras, tan regada de risas y de buena compañía, tan certera para mi ánimo que de inmediato sentí que la vida era justa conmigo. Los flecos de esos fantasmas persecutorios disfrazados de falsa modestia, de falso recato, de falso pudor, del dañino temor al ridículo, del aprendido menosprecio de mí misma...todos se derritieron como babas de diablo en una tarde de viento... Entonces vi claramente cómo las manos que me estrechaban eran sinceras y cómo las miradas de cariño o aprobación me resultaban absolutamente ricas y gratas. Pensé que estos cortos e intensos tres días en los que se suponía que yo viajaba a Asunción para enseñar algo, fueron en verdad una potente experiencia de aprendizaje y descubrimiento. Yo que me jacto de haberme reinventado, me crucé con alguien, que probablemente haya conseguido una reingeniería aún mayor. Es un mullido consuelo saber que en otras partes del mundo se cuecen las mismas habas... Probablemente quien me hizo este regalo, no se haya percatado de la profundidad de ciertas frases, de la energía contenida en cierta combinación de las palabras. Y sobre todo, el bonito consejo "no dejes que nada te nuble"...
Cuando regresé a mi PC, a mis mensajes, a mi bola de obligaciones y de líos, a la marañosa felicidad de estar construyendo cosas, me topé con esta cita de no sé qué libro de Osho (ah...si, si, si... es que descreo de los horóscopos pero creo en todo lo demás...)
Es verdad que no tuve un maestro. Eso no significa que no fui un discípulo: acepté a toda la existencia como mi Maestro. Confié en las nubes, los árboles... Confié en la existencia como tal. No tuve Maestro porque tuve millones de Maestros, aprendí de todas las fuentes posibles. Ser un discípulo es una obligación en el camino. ¿Qué significa ser un discípulo? Significa tener la capacidad para aprender, estar disponible para el aprendizaje, ser vulnerable a la existencia.
Hoy me siento exacto así: vulnerable a la existencia. Alegre porque sí. Esperanzada porque... ¿por qué no? Y agradecida. Porque he recibido otro regalo.
Nos acecha la idea de replicarnos. Nos replicamos en hijos y en imágenes. Fantaseamos con la idea de tener clones. (No nos dimos cuenta de que ya tenemos clones, que somos clones, máquinas de replicación, ciegamente empujados por esos tiranos diminutos que vorazmente buscan nuevos envases para dejar más copias de sí mismos: los genes) Cadenas de información camufladas hábilmente, avanzando a tropezones. Ahí vamos. Repetimos, replicamos, reproducimos, nos inventamos un horror para trascender y los genes egoístas se divierten de lo lindo con nuestra obediente evolución. No podemos escapar de la carga genética y no podemos vivirla con culpa. Uno no elige tener los ojos castaños o verdes, así como no elige tener dos brazos y diez dedos, en lugar de otra cosa. Entonces, la genética es la excusa perfecta. Para la gordura, para la propensión al llanto, para la intolerancia al calor excesivo, como la ausencia de oído musical... Aproximadamente previsibles, vamos piloteando lo que nos queda de libertad, después de la tajada que se llevan las circunstancias de haber nacido en estos tiempos y lugares. Pero, dentro de la tendencia a la reiteración, hay una que es desquiciante. Repetir los esquemas que -sabemos- desembocan en situaciones de dolor para el alma. ¿Será que algunos no podemos sustraernos de esa tendencia? ¿Será que portamos el gen del autoflagelo, el gen del enroscamiento, el gen de la complicación? Es la teoría que se le ocurrió a mi amigo Beto después de muchos kilómetros de ida y vuelta, de muchos vientos en el oído, de muchos intentos fallidos. Nos miramos, como en un espejo doble cara, y reconocimos mutuamente que sí, que claro, que debe ser eso: un malnacido gen de esos que nadie sabe para qué carachos se transmiten, de una generación a otra. Tenemos un gen poderoso y jodido, un gen que nos arrastra a repetir historias, que nos condena a la melancolía, que acaso haga que exudemos alguna feromona de alerta entre nuestros congéneres...
Contrariamente a los prolijos postulados de las ciencias duras, a nosotros se nos ocurre que a un gen que te hace repetir algo que no te gusta, se lo puede doblegar mediante el uso de otras fuerzas, menos físicas y orgánicas.
Nada de alteración de cadenas de proteínas, nada de nanobots medicinales. No: métodos revolucionarios y económicos (la pesadilla de la industria iatrogénica de la farmacología). Métodos tan evidentes que despiertan la frase "¿cómo no me di cuenta antes?" Ahi, va, queridos congéneres acosados por la resaca del gen complicante, la receta para zafar de la curva de moebius de la insatisfacción permanente, de la infelicidad agazapada, de la soledad dolorosa. Habrán de seguir estos pasos (el orden no es estricto):
Llegar a un punto de comprensión de la idiotez propia (ejemplo "¿Otra vez sufriendo por una persona a la que NO LE IMPORTO? ¿No seré un poco idiota"?)
Percibir el momento en que todo va mas o menos bien y empezamos a buscar la quintapatez del asunto. Detenerse en seco antes de siquiera pensar en algo malo.
Observar con desapego y ecuanimidad al resto de las personas que sí creen en nuestro talento, afecto, valor. Contarlos. Si son más de dos, poner en marcha de inmediato el proceso de detención del gen complicante.
Y entonces: para abortar la secuencia replicante del enriedo y sus nefastas resultantes, es imprescindible tomar consciencia. La autoconsciencia ya efectúa un cambio sustancial. Aplicar en ese estado una dosis fuerte de energía espiritual (sí, vamos, por favor, todo el mundo la tiene, qué tiene que ver con religiones y con velitas blancas... hablo de energía vital, che, fuerza mental, voluntad, garra, como quieran decirle) y desviar el rumbo del gen que se dirigía, porfiada y alegremente hacia la meta de siempre: complicarlo todo...
Por cierto...no es infalible! Pero si hemos sido conejillos de indias en las frías mesadas de la ciencias de la salud y nos dejamos agujerear el alma en los divanes de la ciencia psicológica... qué mas da, probar un poco de nuestra propia sabiduría de haber vivido...?
Beto sugiere acompañar el tratamiento con un jarabe que llama "me-refugio-en-los-míos". Sugirió también el tema para este post, un servicio a la comunidad. Y aquí lo tiene.
"Mire usted la calle. ¿Como puede usted ser indiferente a ese gran río de huesos,a ese gran río de sueños,a ese gran río de sangre, a ese gran río?" Nicolás Guillén
Cada vez que reaparece el frío del preinvierno la escena se repite, cruel, y se me pega en la retina. Y en el recuerdo. La gente que duerme a la intemperie en la ciudad. Rígidos de rocío y blancos de luna, duermen sin descansar en las veredas, en huecos infames, bajo las no-copas de árboles raquíticos. Tapados con papeles, con pedazos de trapos, con lonjas pringosas de naylon. Amontonados de a dos, de a tres, sobre pedazos sudados de goma espuma. Duermen estremecidos y resignados, un sueño liviano a veces, el sueño que una patada despeja de golpe; otras veces profundo e indiferente a los ruidos.
A su lado pasan, pasamos, todos los bien dormidos y abrigados de la civilización. Cierro los ojos, cobardemente, porque temo que mi corazón se convierta en cementerio. Me froto las manos ante la estufa y no entiendo, no consigo entender en cuál de todas las circunvoluciones de la historia humana dejamos de ser la manada que se cuida las espaldas y comparte la comida. En qué fatídico momento se rasgó la delgadísima hebra que liga a los hermanos y empezamos a disputarnos la frazada, la fruta, el rayito de sol.
Una manada de perros no hace eso con un congénere, sin motivo. Algo terrible se nos ha perdido, algo fundamental y trágico, entre la opulencia de un extremo del péndulo y el despojo absoluto del otro lado.
Camino como un autómata por la ciudad hipertrófica, chocando levemente con otros autómatas como yo que se pertrechan para evitar lo más posible el contacto humano. No logro entender, no logro hacer nada mejor que sacudir mi cabeza y chorrear incomprensión. No me sale ser indiferente a ese gran río. Tengo frío, frío, frío por todos lados. Me siento impotente y helada.
Parece que en todas las culturas el asunto de las cantidades y los conteos de las cosas naturales han derivado en una asignación de caracter especial, mágico, divino, a los números.
Ya el viejo Platón los ponía en un nivel más puro, más cercano a la luz de las ideas, menos banal, menos apegado a la cotidiana fluidez de lo continuo... Bien sabido es que uno empieza a contar cuando puede separar los objetos de uno en uno.
Que "vive" el desmembramiento cruel del uno cuando se percata -horror, primer horror- de que la madre es OTRO, de que somos uno y uno, dos. Por eso creo que el número dos tiene mala prensa sagrada. El UNO , claro que sí, el uno, lo único, la unidad. El dos es la corrupción del uno sagrado. Por eso "segundón" es despectivo. Por eso no se festeja el segundo puesto. Pero también el dos es la pareja. El casal. Dos que se hacen uno solo. El doble, el replicado, el espejo, el clon, el hijo que te perpetúa. Dos para redoblar el esfuerzo. Dos para repartir la carga. Dos para la simetría. (vayan a hacer diseños simétricos con el uno, y vamos a ver...) Dos ojos para verte mejor, dos orejas para escucharte mejor, dos brazos porque así podré contenerte y asirme a tu cuerpo cuando lo necesite mucho, dos piernas porque ¿de qué otro modo escapar, si no es haciendo el ritmo del uno-dos, uno-dos?
La cultura binaria celebra la existencia del dos para convalidar toda una historia preciosísima de antinomias, desde el Bien y el Mal hasta el sol y la luna, el día y la noche, Caín y Abel, lindo y feo, arriba y abajo, hambriento y saciado, verdadero y mendaz, vivos y muertos... Innegablemente el dos tiene que tener un significado sagrado, cae de su propio peso.
¿Y el tres? Me encantó la explicación cuerpocéntrica acerca del carácter mágico de los números que expone Lia, un personaje de la novela "El péndulo de Foucault" de Umberto Eco. "Tres es más mágico que todos porque nuestro cuerpo lo ignora, no tenemos nada que sea tres cosas, y debería ser un número misteriosísimo, que atribuimos a Dios, dondequiera que vivamos."
Que de uno y uno, que son dos, hablando de cuerpos, salen tres es una verdad que se sabían sin necesidad de erudición los primeros protohumanos. Visto este punto, me pregunto, junto con Lía "¿se necesita un profesor universitario para descubrir que todos los pueblos tienen estructuras ternarias, trinidades y cosas por el estilo?"
Y así sucesivamente, el cuatro es mágico y cabalístico porque son dos veces dos, porque son cuatro las patas de las bestias que asuelan los primeros poblados humanos. Dos manos más dos pies, cuatro fases de la luna: ahi está de nuevo el cuatro, ya es sagrado. El cinco son los dedos de la mano...
Y el seis, y el hermético siete, y el ahora digitalmente famoso ocho, y el nueve, y los decálogos sobre casi todo. Y así, interminablemente, todos los números y todas las cifras tienen su encanto y su motivación para ser extraordinarios.
El mundo moderno sigue su disputa en torno a si la naturaleza refleja la matemática o si la matemática se obstina en encontrarle explicaciones numéricas a las cosas naturales. Las florecitas pentapetagonales, los períodos exasperantemente exactos de las mareas, las facetas del diamante, las proporciones áureas. Y ni hablar de la teoría de los fractales o de la matemática difusa, tan conveniente a los pensamientos sagrados como a los profanos.
Los números, casta sublime entre los objetos que produce la mente del hombre, son elementos de lo Sagrado y por eso mismo entran en la categoría de intocables: para manipularlos se debe seguir rituales, y no cualquier ritual, sino un señor ritual, con iniciación y prueba de fidelidad incluida. Yo, lo admito, no he superado los rituales más básicos necesarios para pertenecer a sus huestes. Me contento, con callada humildad, con apreciar a quienes han entendido de veras el secreto que confiere a los números su cualidad de mágicos. Para quienes no comulgamos en ese altar platónico queda eso: la humildad. Hay números sagrados para la cábala, para los pitagóricos, para los masones, para los ministros de economía.
Uno debe tratarlos con la reverencia que se merecen, siguiendo las reglas que están minuciosamente descriptas. No seguir las líneas de estos rituales se considera un acto sacrílego, lógicamente, un camino contra natura que violenta la milimétrica posición donde cada cifra debe reposar o agitarse, según corresponda. Hay quienes logran sumergirse en las frías ondas del mar de los números y salir a flote. Y hasta disfrutan el chapuzón.
Peligrosamente, algunos se vuelven casi nativos de estas sopas de símbolos y enloquecen explicándote el cuadrado mágico de la Sagrada Familia, de Gaudí , por ejemplo.
Los que elegimos las letras y sus sonoras permutaciones, miramos desde la orilla, con ojos recelosos, con la mirada cautiva de la incomprensión.Ensayamos torpes aproximaciones, como ésta.
En el fondo nos sabemos parias de ese mundo de entes iridiscentes que todo lo nombra, todo lo ordena, todo lo discrimina, todo lo somete a su dura ley.
Dedicado a Sú, "la jefa", que posee el raro don de conjugar el amor por los números con el amor por la gente.