Anoche soñé con la abuela Ester. Ibamos a su casa: yo con... quién? Hernán? No lo sé.
La mesa del comedor diario estaba tendida, con cuatro, cinco platos en los que alguien, alguna vez, comió. Pan rancio, botellas vacías.
En el otro comedor estaba tendido el mantel, con migas. Había botellas en el piso. Ropa en las sillas. Yo empiezo a ordenarlo todo, recargándome las manos. Tocan el timbre.
Digo "no abras, abuela" porque veo que ella iba directamente a hacerlo, sin precacución alguna. Por la ventana veo que se trata de unos pendejitos que se ríen. Quieren molestar, pienso. No debe ser la primera vez, pienso.
Yo quiero limpiar, limpiar, ordenar. La sombra que está conmigo dice "siempre está hecho un asco esto". Reacciono: "Abuela, vos deberías estar en el cielo, vos estás muerta, qué es toda esta historia? Qué locura..."
Ella farfulla. Dice que los que se acuerdan de ella seguramente lo hacen por la herencia.
Qué herencia, pienso, si se la patinaron toda tus hijos...

De pronto me asalta el miedo de estar pensando en la muerte de mi propia madre. A mí no me preocupa ninguna herencia. No soy codiciosa, es una suerte, creo. No acierto a recordar cuando ni como se estableció así, pero mi mente opera con la idea de que vivo con lo que tengo y si acaso recibo algo más, será un extra, por el cual no debo litigar con nadie.
La semana pasada, no en una sino en DOS oportunidades, la presona que me precedía en el cajero electrónico del banco se dejó allí, a la mano, su tarjeta insertada y su sesión abierta con la pregunta "Quiere realizar alguna otra operación? SI/NO "
Las dos veces hubiera sido simple escribir "SI...extracción..." y solucionar un par de cuotas de las muchas que pago. Pero no. "Ni ganas" (diría mi hija) Y no me siento especialmente buena por ello. Es lo que me sale, así nomás.
Recordé una charla de meses atrás. Hablaban de testamentos, de artículos de leyes, de heredar casas y cosas. Me cruzó por la cabeza el "consejo familiar" de ir a visitar a mi madrina, con la intención de que escriba algo en el testamento a mi favor.
Me corrió frío por la espalda. Me pareció abusivo.
Durante años no supimos nada una de la otra. Ahora que ella está vieja y enferma, aparecer de visita me recuerda el vuelo de los buitres. Aborrezco esa actitud. La he visto brillar, como velada pátina de ambición, en los ojos de todos los que participaban de la charla.
En fin, ojalá no sea Coca la anciana sumida en la suciedad y el desorden.
Ojalá no se sienten a su mesa los devoradores de sueños dejando sus impúdicos platos vacíos, sus botellas tiradas, sus panes secos generando moho.
Que Dios conserve mi estúpida ingenuidad, para que yo me crea buena gente.