Recuerdo vividamente mi sensación de desagrado y malestar mientras leía a Houellebecq en su mansa, exasperante, angustiante descripción de un futuro de clones humanos enchufados a sus terminales, solos en medio de una eterna y perpetua conexión, atados al horrible mandato de seguir siendo ellos mismos, a través de pantallas siempre disponibles, pero siempre, simétricamente solos.

Esto no puede ser una buena prospectiva, me decía. Este sombrío futuro de tecnología creando falsa compañía, no lo creo, no me lo venden, éste porque es un francés amargo…que se venga a Latinoamérica un poco, para que le re enseñemos las bondades de tocarse, de palmear la espalda, de abrazar, del amontonamiento humano, de la cancha, de la comunión espontánea de cada semana nuestra cuando nos quedamos varados como corderos en un vagón de tren.

Junto con este recuerdo futuro anudé la filípica de un cura mala onda, muy culto él, buena oratoria, vocabulario fluido (bueno, los curas tienen tiempo de ocio suficiente para leerse los libros que gusten, lo menos que pueden hacer es ser eruditos en algo).

El sermón venía a cuento del recrudecimiento del Sida en el mundo. Sida venía con mayúsculas, aun en el discurso. Como decir el Maligno o Lucifer o AlQaeda.

“¿Qué otra cosa es esto sino un castigo de Dios ante la promiscuidad y el desarreglo en las costumbres sexuales? Hoy en día nadie piensa en el matrimonio, en la fidelidad, en la pareja para toda la vida, no, viven así, en medio de un libertinaje permanente, amancebados como perros…”

A-man-cebados.
Amancebados!
Y : como perros.
Deshumanizados por el escándalo, castigados por insistir dándole mordiscos a la manzana. Perros. Éramos perros.

Mazazo en la cabeza, en el corazón, en la ilusión. Nosotros (éramos jóvenes entonces) ya no teníamos un horizonte de sensaciones gozosas, una promesa de risas, y cuerpos flexibles y besos y muchos amores. No: teníamos una condena previa, un futuro de enfermedad y de muerte.

Tanto esperar para disfrutar del sexo y aparece el sida…!
Al principio (al mejor estilo Niemoller) no importó porque era cosa de maricas, de subnormales, era la peste rosa. Entonces no había problema: en Argentina, éramos todos tan normalitos, tan comilfó diría Cortázar, tan prolijitos después de las patadas en la cabeza de la dictadura. ¿Cuantos homosexuales argentinos morirían de sida? Na, unos pocos.

Pero, horror de horrores la cosa siguió más allá.
El virus, retrovirus, el maldito mutante que ni siquiera se dignó venir del espacio (eso hubiera sido muy siglo XX, por lo menos) voraz y maleducado, burlón, desastroso, matador… se desparramó como toda una peste hecha y derecha.

Y así lo vivimos, como el destierro del amor libre, como el fusilamiento del flowerpower, un hachazo mortífero silenciando el contacto, generando su vómito negro de nuevos estigmatizados…
Hubo de pasar mucha palabrería, mucho AZT, mucho comercial bonito contra la discriminación, mucho genetista explicándonos con infografías y con frases de eslogan que esto contagia pero aquello no, que si-da, que no-da, que el amor desinteresado y gratuito puede que sea el mejor remedio, que ningún cóctel salva si no hay una mano que se apoye en el hombro del portador de la campanilla del sida.

Y entonces, cuando parecía que el cura de la frase condenatoria estaba irremisiblemente chiflado de dogmatismo, cuando los vaticinios retorcidos del franchute se empezaban a astillar tímidamente, y a cubrirse de esa capita de grasa traslúcida, esas pecas otoñales del olvido… entonces reapareció la peste de la gripe.

Que poco romántico. Qué falta de charme, morirse uno de gripe, soltar la vida en espumarajos de moco, tener una gripe cuyo nombre incluso mueve a risa, eso de gripe porcina, qué poco charme…qué poca dignidad…

Pero lo peor de esta peste reemergente no es tanto contraerla como las maniobras para no contraerla. Ridículo, absurdo, risible: nos dejamos de amancebar para no enfermar de sida, y terminamos contrayendo gripe porcina. Es un mal chiste, es como casarse con una bruja…

Para no caer en ese abismo, para que los gérmenes no se adueñen de nuestras tripas y de nuestros ululantes pulmones, nos atrincheramos en una intocabilidad antinatural. No se toquen. No se besen. No coman juntos. No tomen mate. No se reúnan, que no hay tanto de qué hablar. Circulen, señores, circulen.

Algo salió mal de nuevo y ahí marchamos, con nuestros libros de historia y nuestras crónicas de pestes, al nuevo exilio de las sensaciones amadas de la proximidad, evitándonos con recelo, mirándonos con desconfianza, cualquier humano puede ser un frasquito de veneno para otro humano, un portador de dolor, de fiebre, de inseguridad, de tos seca, de muerte.

Nos saludamos de lejos, y pronto dejaremos también de hacer eso, no sea cosa que el aire, que la energía en la mirada, que la atención en foco…

Creo que ni el mismo Maligno con mayúsculas hubiera urdido planes tan siniestros. Deshumanizarnos, volvernos perros, volvernos chanchos, volvernos seres miedosos unos de otros, incapaces de cuidarse, sin el menor sentido de la manada.

Tenemos de todo, pero las pestes corrompen y se desayunan nuestros tesoros más intangibles, porque son ni mas ni menos que eso: las pestes del desamor.

Me tienta mandar nuevamente a Homero al pasado con su tostadora-máquina del tiempo.
Eso es: que vaya y vuelva, dos, diez, cienmil veces más, hasta que amenezcamos en un mundo donde el amor no enferma, donde el contacto no te pone en peligro, donde volvamos a amontonarnos a la noche, olorosos y fraternalmente humanos, tiritando de emociones, alrededor de un fuego manso donde se cocina, lenta, lentamente, la sopita de la civilización.

2 comentaron esto...:

adrian de buenos aires dijo...

Las pestes del desamor, no son muchas, sino tan sólo una. El miedo a la entrega, a ser con el otro. Es muy difícil en esta sociedad tal como está planteada, abrirse, mostrarse al otro, para poder ser en ese proceso de crecimiento. Porque siempre se crece con el otro, viéndolo, sintiéndolo, oliéndolo, tocándolo con todo nuestro ser. Por supuesto que siempre habrá límites y medidas pero observando este principio. El otro ha de ser sagrado para mi, porque en su visión esta mi presencia. Dice el apostol Juan en alguna de sus epístolas que el enemigo del amor es el miedo, esa suerte de no ser que carcome nuestra alma.

VeRa dijo...

El miedo es nuestro peor enemigo...
En eso le doy la derecha a Juan.
Y en ello se resume todo el enorme problema de la civilización: a que hemos evolucionado hacia el miedo, en lugar de consolidarnos como una manada que se cuida y se autoprotege...
Gracias por comentar!

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